“¿Para qué valdría la pasión (acharnement) de saber, si sólo asegurara la adquisición de conocimientos y no de alguna manera –y tanto como se pueda– el extravío de aquel que conoce? Hay momentos en la vida en que el problema de saber si uno puede pensar de manera distinta a como piensa y percibir de otra manera que como ve es indispensable para continuar mirando o re-flexionado. (...) Pero, ¿qué es la filosofía en la actualidad –quiero decir la actividad filosófica– si no es un trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo, y si no consiste, en lugar de legitimar lo que ya se sabe, en emprender la tarea de saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera?”

El uso de los placeres.
Michel Foucault.

miércoles, 13 de junio de 2018

Amistad.

En la cúspide de las virtudes, instalo la menos expuesta a lo fútil y la más alejada de las fragilidades debidas a los caprichos: la amistad soberana, viril y afirmativa. Mientras que el amor sufre con el paso del tiempo y se divide en presencia de placeres que le son exteriores, la amistad se solidifica, se afina y se determina, como única barrera posible contra la entropía. En su origen se encuentra la elección que, empero, no es efectuada al azar, a la ligera. El conocimiento tiene relación con una extraña forma de reconocimiento, sorprendente sensación de encontrar completud a una carencia que se experimenta desde hace tiempo, pero se vive en forma serena por tener la certeza de que un día se producirá el encuentro amistoso. Ese deseo no atenaza tanto como el deseo amoroso, no es tan devastador.

Elegir un amigo es en cierto modo ser ya elegido por él, desde las primeras complicidades que se muestran como una autorización para un compromiso en esa dirección. Y luego viene la legitimación de ese trayecto hacia el otro. Por ser electiva, la amistad es también aristocrática y asocial. En la relación con el mundo, provee una fuerza que aisla del resto de la humanidad. Gracias a ella adviene la singularidad de cada persona, porque permite, en la escultura de uno mismo, recurrir al otro como si fuera un espejo al que se puede interrogar sin riesgo de obtener un reflejo poco fiel. Refuerza la intimidad, en contra de las obligaciones sociales y mundanas. Cuando se la experimenta, puede verse hasta qué punto no resiste ante ella lo que constituye habitualmente el juego social y la seriedad del mundo. La complicidad que genera es un multiplicador de fuerza. Inscribe su soberbia por encima de todas las obligaciones que no derivan de ella. Como tal, es la virtud sublime por excelencia. Porque no pueden haber normas que la sobrepasen, o leyes que la contengan.


El proyecto del amigo es la contribución a la elaboración de uno mismo y del otro en la forma consumada de una bella individualidad, de una singularidad completa. Sólo en la relación de amistad el solipsismo queda atrás, casi olvidado. También en este caso, es lo contrario de la relación amorosa, que agrava la incomunicabilidad entre los seres. La etimología señala que el amigo se define por la privación de sí mismo en beneficio del otro, entendido como ese fragmento de nosotros mismos que ahora nos falta. La amistad secciona al amor propio para instalar en la hendidura las primeras fuerzas que, al cristalizarse, formarán el rizoma esencial. Y nunca más la soledad será como antes. En sus arrebatos más ardientes, más destructores, la sensación de estar solo desaparece para dar lugar a una suavidad casi permanente, y una bondad siempre disponible, lo que no excluye ni la severidad ni el rigor, todo lo contrario.

Por constituir una contradicción flagrante al principio democrático e igualitario, disgustó profundamente a la Revolución Francesa, que pretendió codificarla. La mejor manera de aniquilar una fuerza temible por sus efectos asociales, es asignarle una existencia social. Saint-Just fue el artifice de esa empresa reductora. ¿Debemos reír o temblar al leer el proyecto del arcángel revolucionario? No sé. Yo me inclino más bien por temblar. Primero, la república según la moda Saint-Just, rechaza a cualquiera que declare no creer en la amistad. Después, se instituye una fiesta consagrada a esa virtud, el primer día de Ventoso. Todos veneran a la divinidad. En esa oportunidad, es decir, una vez por año, todos deben declarar pública y solemnemente, la identidad y el nombre de sus amigos. Además, si tiene lugar una ruptura entre dos amigos, el mismo principio obliga a informar de ello a las autoridades y al público, y explicar los motivos. En caso de que uno de los dos amigos cometa un crimen, su alter ego será desterrado. Cuando uno de los dos muere, el que sobrevive encabezará el cortejo, por supuesto, y deberá cavar con sus propias manos la tumba donde sepultarán al difunto. Al morir él a su vez, se volverá a abrir la tumba para que ambos amigos descansen juntos en paz, por toda la eternidad. ¡Debe de ser muy temible ese poder para que se le impongan esta clase de formalidades con las que se supone que puede desarrollarse mejor!

Podemos suponer que los partidarios de una sociedad transparente temían a la amistad por la opacidad que genera entre ambos seres y el resto de la sociedad. Porque entre ellos se solidifica una micro-sociedad en la que todo es común: destinos, pasiones, proyectos, pasado, temores, dolores, penas, alegrías. Y todo organismo independiente de un leviatán social parece alimentarse de él, como un parásito, fagocitando la bella unidad social. Porque la verdadera amistad está por encima de la leyes, del derecho, de las instancias sociales llamadas Familia o Patria, Estado o Nación. Se es amigo antes de ser ciudadano, y a veces a pesar de o contra la condición de ciudadano. De ahí su función absolutamente atomizadora y su carácter asocial.

 En La construcción de uno mismo. La moral estética, de Michel Onfray.

martes, 12 de junio de 2018

Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.

Los hicieron entrar en el despacho del Interventor.
—Su Fordería bajará en seguida —dijo el mayordomo Gamma.
Y los dejó solos.

Helmoltz se echó a reír.
—Esto parece más una recepción social que un juicio —dijo. Y se dejó caer en el más confortable de los sillones neumáticos—. Ánimo, Bernard —agregó, al advertir el rostro preocupado de su amigo. Pero Bernard no quería animarse; sin contestar, sin mirar siquiera a Helmholtz, se sentó en la silla más incómoda de la estancia, elegida cuidadosamente con la oscura esperanza de aplacar así las iras de los altos poderes. Entretanto, el Salvaje no cesaba de agitarse; iba de un lado para otro del despacho, curioseándolo todo, sin demasiado interés: los libros de los estantes, los rollos de cinta sonora y las bobinas de las máquinas de leer colocadas en sus orificios numerados.

Encima de la mesa, junto a la ventana, había un grueso volumen encuadernado en sucedáneo de piel negra, en cuya tapa aparecía una T muy grande estampada en oro. John lo cogió y lo abrió. Mi vida y mi obra, por Nuestro Ford. El libro había sido publicado en Detroit por la Sociedad para la Propagación del Conocimiento Fordiano. Distraídamente, lo ojeó, leyendo una frase acá y un párrafo acullá, y apenas había llegado a la conclusión de que el libro no le interesaba cuando la puerta se abrió, y el interventor Mundial Residente para la Europa Occidental entró en la estancia, con paso vivo.
Mustafá Mond estrechó la mano a los tres hombres; pero se dirigió al Salvaje:

—De modo que nuestra civilización no le gusta mucho, Mr. Salvaje —dijo.
El Salvaje lo miró. Previamente, había tomado la decisión de mentir, de bravuconear o de guardar un silencio obstinado. Pero, tranquilizado por la expresión comprensiva y de buen humor del Interventor, decidió decir la verdad, honradamente:

—No.
Y movió la cabeza.
Bernard se sobresaltó y lo miró, horrorizado. ¿Qué pensaría el Interventor? Ser etiquetado como amigo de un hombre que decía que no le gustaba la civilización —que lo decía abiertamente y nada menos que al propio Interventor era algo terrible.


—Pero, John... —empezó.
Una mirada de Mustafá Mond lo redujo a un silencio abyecto.

—Desde luego —prosiguió el Salvaje—, admito que hay algunas cosas excelentes. Toda esta música en el aire, por ejemplo...

—A veces un millar de instrumentos sonoros zumban en mis oídos; otras veces son voces ...El rostro del Salvaje se iluminó con súbito placer.

—¿También usted lo ha leído? —preguntó—. Yo creía que aquí, en Inglaterra, nadie conocía este libro.

—Casi nadie. Yo soy uno de los poquísimos. Está prohibido, ¿comprende? Pero como yo soy quien hace las leyes, también puedo quebrantarlas. Con impunidad, Mr. Marx —agregó, volviéndose hacia Bernard—, cosa que me temo usted no pueda hacer.
Bernard se hundió todavía más en su desdicha.

—Pero, ¿por qué está prohibido? —preguntó el Salvaje.
En la excitación que le producía el hecho de conocer a un hombre que había leído a Shakespeare, había olvidado momentáneamente todo lo demás.
El Interventor se encogió de hombros.

—Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.

—¿Aunque sean bellas?

—Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce una atracción, y nosotros no
queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas.

—¡Pero si las nuevas son horribles, estúpidas! ¡Esas películas en las que sólo salen helicópteros y el público siente cómo los actores se besan! 

—John hizo una mueca—.
¡Cabrones y monos! Sólo en estas palabras de Otelo encontraba el vehículo adecuado para expresar su desprecio y su odio.

—En todo caso, animales inofensivos —murmuró el Interventor, a modo de paréntesis.

—¿Por qué, en lugar de esto, no les permite leer Otelo?

—Ya se lo he dicho: es antiguo. Además, no lo entenderían.
Sí, esto era cierto. John recordó cómo se había reído Helmholtz ante la lectura de Romeo y Julieta.

—Bueno, pues entonces —dijo tras una pausa—, algo nuevo que sea por el estilo de Otelo y que ellos puedan comprender.

—Esto es lo que todos hemos estado deseando escribir —dijo Helmholtz, rompiendo su prolongado silencio.

—Y esto es lo que ustedes nunca escribirán —dijo el Interventor—. Porque si fuese algo parecido a Otelo, nadie lo entendería, por más nuevo que fuese. Y si fuese nuevo, no podría parecerse a Otelo.

—¿Por qué no?

—Sí, ¿por qué no? —repitió Helmholtz.
También él olvidaba las desagradables realidades de la situación. Lívido de ansiedad y de miedo, sólo Bernard las recordaba; pero los demás le ignoraban.

—¿Por qué no?


—Porque nuestro mundo no es el mundo de Otelo. No se pueden fabricar coches sin acero; y no se pueden crear tragedias sin inestabilidad social. Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto; está a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma. El soma que usted arroja por la ventana en nombre de la libertad, Mr. Salvaje. ¡La libertad! —El Interventor soltó una carcajada—. ¡Suponer que los Deltas pueden saber lo que es la libertad! ¡Y que puedan entender Otelo! Pero, ¡muchacho!
El Salvaje guardó silencio un momento.

—Sin embargo —insistió obstinadamente—, Otelo es bueno, Otelo es mejor que esos filmes del sensorama.

—Claro que sí —convino el Interventor—. Pero éste es el precio que debemos pagar por la estabilidad. Hay que elegir entre la felicidad y lo que la gente llamaba arte puro. Nosotros hemos sacrificado el arte puro. Y en su lugar hemos puesto el sensorama y el órgano de perfumes.

—Pero no tienen ningún mensaje.

—El mensaje de lo que son; el mensaje de una gran cantidad de sensaciones agradables para el público.

—Los argumentos han sido escritos por algún idiota.
El Interventor se echó a reír.

—No es usted muy amable con su amigo Mr. Watson, uno de nuestros más distinguidos ingenieros de emociones.

—Tiene toda la razón —dijo Helmholtz, sombríamente—. Porque todo esto son idioteces. Escribir cuando no se tiene nada que decir...

—Exacto. Pero ello exige un ingenio enorme. Usted logra fabricar coches con un mínimo de acero, obras de arte a base de poco más que puras sensaciones.
El Salvaje movió la cabeza.

—A mí todo esto me parece horrendo.

—Claro que lo es. La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.

—Supongo que no —dijo el Salvaje, después de un silencio—. Pero ¿es preciso llegar a cosas tan horribles como esos mellizos? ¡Son horribles!

—Pero muy útiles. Ya veo que no le gustan nuestros Grupos de Bokanowski; pero le aseguro que son los cimientos sobre los cuales descansa todo lo demás. Son el giróscopo que estabiliza el avión-cohete del Estado en su incontenible carrera.

—Más de una vez me he preguntado —dijo el Salvaje— por qué producen seres como éstos, siendo así que pueden fabricarlos a su gusto en esos espantosos frascos. ¿Por qué, si se puede conseguir, no se limitan a fabricar Alfas-Doble-más?
Mustafá Mond se echó a reír.

—Porque no queremos que nos rebanen el pescuezo —contestó—. Nosotros creemos en la felicidad y la estabilidad. Una sociedad de Alfas no podría menos de ser inestable y desdichada. Imagine una fábrica cuyo personal estuviese constituido íntegramente por Alfas, es decir, por seres individuales no relacionados de modo que sean capaces, dentro de ciertos límites, de elegir y asumir responsabilidad. ¡Imagíneselo! —repitió.
El Salvaje intentó imaginarlo, pero no pudo conseguirlo.


—Es un absurdo. Un hombre decantado como Alfa, condicionado como Alfa, se volvería loco si tuviera que hacer el trabajo de un semienano Epsilon; o se volvería loco o empezaría a destrozarlo todo. Los Alfas pueden ser socializados totalmente, pero sólo a condición de que se les confíe un trabajo propio de los Alfas. Sólo de un Epsilon puede esperarse que haga sacrificios Epsilon, por la sencilla razón de que para él no son sacrificios; se hallan en la línea de menor resistencia. Su condicionamiento ha tendido unos raíles por los cuales debe correr. No puede evitarlo; está condenado a ello de antemano. Aún después de su decantación permanece dentro de un frasco: un frasco invisible, de fijaciones infantiles y embrionarias. Claro que todos nosotros —prosiguió el Interventor, meditabundo— vivimos en el interior de un frasco. Mas para los Alfas, los frascos, relativamente hablando, son enormes. Nosotros sufriríamos horriblemente si fuésemos confinados en un espacio más estrecho. No se puede verter sucedáneo de champaña de las clases altas en los frascos de las castas bajas. Ello es evidente, ya en teoría. Pero, además, fue comprobado en la práctica. El resultado del experimento de Chipre fue concluyente.

—¿En qué consistió? —preguntó el Salvaje.
Mustafá Mond sonrió.

—Bueno, si usted quiere, puede llamarlo un experimento de reenvasado. Se inició en el año 73 d.F. Los Interventores limpiaron la isla de Chipre de todos sus habitantes anteriores y la colonizaron de nuevo con una hornada especialmente preparada de veintidós mil Alfas. Se les otorgó toda clase de utillaje agrícola e industrial y se les dejó que se las arreglaran por sí mismos. El resultado cumplió exactamente todas las previsiones teóricas. La tierra no fue trabajada como se debía; había huelgas en las fábricas, las leyes no se cumplían, las órdenes no se obedecían; las personas destinadas a trabajos inferiores intrigaban constantemente por conseguir altos empleos, y las que ocupaban estos cargos intrigaban a su vez para mantenerse en ellos a toda costa. Al cabo de seis años se enzarzaron en una auténtica guerra civil. Cuando ya habían muerto diecinueve mil de los veintidós mil habitantes, los supervivientes, unánimemente, pidieron a los Interventores Mundiales que volvieran a asumir el gobierno de la isla, cosa que éstos hicieron. Y así acabó la única sociedad de Alfas que ha existido en el mundo.
El Salvaje suspiró profundamente.

—La población óptima —dijo Mustafá Mond— es la que se parece a los icebergs: ocho novenas partes por debajo de la línea de flotación, y una novena parte por encima.

—¿Y son felices los que se encuentran por debajo de la línea de flotación?

—Más felices que los que se encuentran por encima de ella. Más felices que sus dos amigos, por ejemplo.
Y señalo a Helmholtz y a Bernard.

—¿A pesar de su horrible trabajo?

—¿Horrible? A ellos no se lo parece. Al contrario, les gusta. Es ligero, sencillo, infantil. Siete horas y media de trabajo suave, que no agota, y después la ración de soma, los juegos, la copulación sin restricciones y el sensorama. ¿Qué más pueden pedir? Sí, ciertamente —agregó—, pueden pedir menos horas de trabajo. Y, desde luego, podríamos concedérselo. Técnicamente, sería muy fácil reducir la jornada de los trabajadores de castas inferiores a tres o cuatro horas. Pero ¿serían más felices así? No, no lo serían. 

El experimento se llevó a cabo hace más de siglo y medio. En toda Irlanda se implantó la jornada de cuatro horas. ¿Cuál fue el resultado? Inquietud y un gran aumento en el consumo de soma; nada más. Aquellas tres horas y media extras de ocio no resultaron, ni mucho menos, una fuente de felicidad; la gente se sentía inducida a tomarse vacaciones para librarse de ellas. La Oficina de Inventos está atestada de planes para implantar métodos de reducción y ahorro de trabajo. Miles de ellos. —Mustafá hizo un amplio ademán—. ¿Por qué no los ponemos en obra? Por el bien de los trabajadores; sería una crueldad atormentarles con más horas de asueto. Lo mismo ocurre con la agricultura. Si quisiéramos, podríamos producir sintéticamente todos los comestibles. Pero no queremos. Preferimos mantener a un tercio de la población a base de lo que producen los campos. Por su propio bien, porque ocupa más tiempo extraer productos comestibles del campo que de una fábrica. Además, debemos pensar en nuestra estabilidad. No deseamos cambios. Todo cambio constituye una amenaza para la estabilidad. Ésta es otra razón por la cual somos tan remisos en aplicar nuevos inventos. Todo descubrimiento de las ciencias puras es potencialmente subversivo; incluso hasta a la ciencia debemos tratar a veces como un enemigo. Sí, hasta a la ciencia.

—¿Cómo? —dijo Helmholtz, asombrado—. ¡Pero si constantemente decimos que la ciencia lo es todo! ¡Si es un axioma hipnopédico!

—Tres veces por semana entre los trece años y los diecisiete —dijo Bernard.

—Y toda la propaganda en favor de la ciencia que hacemos en la Escuela...

—Sí, pero ¿qué clase de ciencia? —preguntó Mustafá Mond, con sarcasmo—. Ustedes no tienen una formación científica, y, por consiguiente, no pueden juzgar. Yo, en mis tiempos, fui un físico muy bueno. Demasiado bueno: lo bastante para comprender que toda nuestra ciencia no es más que un libro de cocina, con una teoría ortodoxa sobre el arte de cocinar que nadie puede poner en duda, y una lista de recetas a la cual no debe añadirse ni una sola sin un permiso especial del jefe de cocina. Yo soy actualmente el jefe de cocina. Pero antes fui un joven e inquisitivo pinche de cocina. Y empecé a hacer algunos guisados por mi propia cuenta. Cocina heterodoxa, cocina ilícita. En realidad, un poco de auténtica ciencia.
Mustafá Mond guardó silencio.

—¿Y qué pasó? —preguntó Helmholtz Watson.
El Interventor suspiró.

—Casi me ocurrió lo que va a ocurrirles a ustedes, jovencitos. Poco faltó para que me enviaran a una isla.
Estas palabras galvanizaron a Bernard, quien entró súbitamente en violenta actividad.

—¿Que van a enviarme a mí a una isla?
Saltó de su asiento, cruzó el despacho a toda prisa y se detuvo, gesticulando, ante el Interventor.

—Usted no puede desterrarme a mí. Yo no he hecho nada. Fueron los otros. Juro que fueron los otros.
Y señaló acusadoramente a Helmholtz y al Salvaje—. ¡Por favor, no me envíe a Islandia! Prometo que haré todo lo que quieran. Deme otra oportunidad. —Empezó a llorar—. Le digo que la culpa es de ellos —sollozó—. ¡A Islandia, no! Por favor, Su Fordería, por favor...
Y en un paroxismo de abyección cayó de rodillas ante el Interventor.
Mustafá Mond intentó obligarle a levantarse; pero Bernard insistía en su actitud rastrera; el flujo de sus palabras manaba, inagotable. Al fin, el Interventor tuvo que llamar a su cuarto secretario.

—Trae tres hombres —ordenó— y que lleven a Mr. Marx a un dormitorio. Que le administren una buena vaporización de soma y luego lo acuesten y le dejen solo.
El cuarto secretario salió y volvió con tres criados mellizos, de uniforme verde.
Gritando y sollozando todavía, Bernard fue sacado del despacho.

—Cualquiera diría que van a degollarle —dijo el Interventor, cuando la puerta se hubo cerrado—. En realidad, si tuviera un poco de sentido común, comprendería que este castigo es más bien una recompensa. Le enviarán a una isla. Es decir, le enviarán a un lugar donde conocerá al grupo de hombres y mujeres más interesantes que cabe encontrar en el mundo. Todos ellos personas que, por una razón u otra, han adquirido excesiva consciencia de su propia individualidad para poder vivir en comunidad. Todas las personas que no se conforman con la ortodoxia, que tienen ideas propias. En una palabra, personas que son alguien. Casi le envidio, Mr. Watson.
Helmholtz se echó a reír.

—Entonces, ¿por qué no está también usted en una isla?

—Porque, a fin de cuentas, preferí esto —contestó el Interventor—. Me dieron a elegir: o me enviaban a una isla, donde hubiese podido seguir con mi ciencia pura, o me incorporaban al Consejo del Interventor, con la perspectiva de llegar en su día a ocupar el cargo de tal. Me decidí por esto último, y abandoné la ciencia. —Tras un breve silencio agregó—. De vez en cuando echo mucho de menos la ciencia. La felicidad es un patrón muy duro, especialmente la felicidad de los demás. Un patrón mucho más severo, si uno no ha sido condicionado para aceptarla, que la verdad. —Suspiró, recayó en el silencio y después prosiguió, en tono más vivaz—: Bueno, el deber es el deber. No cabe prestar oído a las propias preferencias. Me interesa la verdad. Amo la ciencia. Pero la verdad es una amenaza, y la ciencia un peligro público. Tan peligroso como benéfico ha sido. Nos ha proporcionado el equilibrio más estable de la historia. El equilibrio de China fue ridículamente inseguro en comparación con el nuestro; ni siquiera el de los antiguos matriarcados fue tan firme como el nuestro. Gracias, repito, a la ciencia. Pero no podemos permitir que la ciencia destruya su propia obra. Por esto limitamos tan escrupulosamente el alcance de sus investigaciones; por esto estuve a punto de ser enviado a una isla. Sólo le permitimos tratar de los problemas más inmediatos del momento. Todas las demás investigaciones son condenadas a morir en ciernes. Es curioso —prosiguió tras breve pausa— leer lo que la gente que vivía en los tiempos de Nuestro Ford escribía acerca del progreso científico. Al parecer, creían que se podía permitir que siguiera desarrollándose indefinidamente, sin tener en cuenta nada más. El conocimiento era el bien supremo, la verdad el máximo valor; todo lo demás era secundario y subordinado. Cierto que las ideas ya empezaban a cambiar aun entonces. Nuestro Ford mismo hizo mucho por trasladar el énfasis de la verdad y la belleza a la comodidad y la felicidad. La producción en masa exigía este cambio fundamental de ideas. La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas, los engranajes; la verdad y la belleza, no. Y, desde luego, siempre que las masas alcanzaban el poder político, lo que importaba era más la felicidad que la verdad y la belleza. A pesar de todo, todavía se permitía la investigación científica sin restricciones. La gente seguía hablando de la verdad y la belleza como si fueran los bienes supremos. Hasta que llegó la Guerra de los Nueve Años. Esto les hizo cambiar de estribillo. ¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?

Después de la Guerra de los Nueve Años se empezó a poner coto a la ciencia. A la sazón, la gente ya estaba dispuesta hasta a que pusieran coto y regularan sus apetitos. Cualquier cosa con tal de tener paz. Y desde entonces no ha cesado el control. La verdad ha salido perjudicada, desde luego. Pero no la felicidad. Las cosas hay que pagarlas. La felicidad tenía su precio. Y usted tendrá que pagarlo, Mr. Watson; tendrá que pagar porque le interesaba demasiado la belleza. A mí me interesaba demasiado la verdad; y tuve que pagar también.

—Pero usted no fue a una isla —dijo el Salvaje, rompiendo un largo silencio.

—Así es como pagué yo. Eligiendo servir a la felicidad. La de los demás, no la mía. Es una suerte —agregó tras una pausa— que haya tantas islas en el mundo. No sé cómo nos las arreglaríamos sin ellas. Supongo que los llevaríamos a la cámara letal. A propósito, Mr. Watson, ¿le gustaría un clima tropical? ¿Las Marquesas, por ejemplo? ¿O Samoa? ¿Acaso algo más tónico?
Helmholtz se levantó de su sillón neumático.

—Me gustaría un clima pésimo —contestó—. Creo que se debe de escribir mejor si el clima es malo. Si hay mucho viento y tormentas, por ejemplo...
El Interventor asintió con la cabeza.

—Me gusta su espíritu, Mr. Watson. Me gusta muchísimo, de verdad. Tanto como lo desapruebo oficialmente. —Sonrió—. ¿Qué le parecen las islas Falkland?

—Sí, creo que me servirán —contestó Helmholtz—. Y ahora, si no le importa, iré a ver qué tal sigue el pobre Bernard.

En Un mundo feliz, de Aldous Huxley.

lunes, 11 de junio de 2018

El mito de Dionisos.

En la ciudad griega de Tebas, vivía la princesa Sémele, hija del rey Cadmo y de la reina Armonía. Tan grande era su belleza que pronto fue objeto de la atención de Zeus. El dios acudía a visitarla al palacio de su padre disfrazado de mortal, hasta que un día la joven cedió ante una insinuación de Hera (la celosa esposa de Zeus) que, disfrazada de la nodriza de la joven doncella, sembró donde había confianza la duda de si quien la visitaba era realmente Zeus o si era un impostor que se había aprovechado de su inocencia.

De modo que, en su siguiente encuentro, la joven Sémele rogó al dios que se le mostrara en su olímpica majestad. Zeus accedió con mucho pesar ante la obstinación de la joven, consciente de que no podría soportar su divino resplandor, pero como le había dado la palabra de concederle lo que quisiera, tuvo que acceder a su ruego.


Fue así como la joven princesa pereció consumida por las llamas que desprendía Zeus, el señor del rayo. Dionisos, que estaba en el seno de la joven, hubiera perecido también si una tupida hiedra fresca y húmeda con que lo envolvió Gea, diosa de la Tierra, no se hubiese enrollado milagrosamente en las columnas de palacio, interponiendo su verde pantalla entre el niño dios y las llamas celestes.

Zeus recogió a Dionisos niño, para el que no había llegado el momento de nacer, y lo encerró en su muslo. Cuando el plazo se cumplió, extrajo a la criatura. Este doble nacimiento le valió a Dionisos el epíteto de “ditirambo”, que quería decir “el dos veces nacido”.

Entonces Zeus confió su hijo a Ino, hermana de la princesa muerta, que residía en Orcómeno con su esposo Atamante. Pero la diosa Hera, la engañada esposa celeste de Zeus, no había desistido de su deseo de venganza, por lo que trató de enloquecer a los tíos del niño dios. Pero Zeus consiguió salvar por segunda vez a su hijo transformándolo en cabrito y entregándolo al dios mensajero Hermes para que lo confiara en custodia a las ninfas de Nisa, una región montañosa mítica que no se corresponde con ninguna región griega conocida.

Dionisos, el niño dios, pasó su infancia en esta maravillosa región al cuidado de las ninfas. Las musas, las ménades, los sátiros y los silenos también contribuyeron a la educación de Dionisos. Con una corona de hiedra sobre sus sienes, el joven dios corría por montes y bosques en compañía de las ninfas, y las montañas le devolvían los ecos de sus risas y gritos. Mientras tanto, el viejo sileno se ocupaba de la educación del joven dios.

Cuando fue mayor, descubrió la vid y el arte de obtener el vino. Cuenta el mito que, al principio, bebió sin moderación, por lo que Hera aprovechó para llevarlo a un estado de locura divina del que sólo se recuperó al consultar el oráculo dedicado a su padre Zeus en el templo de Dodona.

Dionisos empezó entonces una serie de largos viajes, que lo llevaron desde Grecia hasta la India y otra vez de vuelta a Grecia, en su carro tirado por panteras y adornado por hiedra y vid, acompañado por los silenos, las bacantes y los sátiros, para enseñar a los seres humanos los misterios de su culto y los beneficios del vino.


En su largo recorrido, protagonizó aventuras de gran belleza, como aquella en la que un día, cuando el dios paseaba por la orilla del mar, fue raptado por unos piratas que se lo llevaron cautivo en su navío. Creían que se trataba de un príncipe y esperaban obtener un buen rescate por él. En vano se esforzaban por atarlo con pesadas cadenas; estas se soltaban y caían por sí mismas. Entonces se produjeron unos hechos prodigiosos: a lo largo del sombrío barco empezó a correr un vino delicioso y perfumado, y una vid trepó por la vela abrazándola con sus hojas. Mientras se adhería una oscura hiedra en torno al mástil, los remos se convirtieron en serpientes y resonaron flautas invisibles. Ante tales prodigios, los piratas, aterrados, se tiraron al mar, quedando transformados en delfines, lo que explicaría de forma simbólica por qué los delfines son amigos de los hombres y se esfuerzan por salvarlos en los naufragios, puesto que serían aquellos piratas arrepentidos.

En otros episodios de sus viajes se nos narran las dificultades con las que este dios se encontraba para que sus ritos y fiestas fueran aceptados por las gentes. Por ejemplo, cuando Dionisos regresó a Grecia después de su largo periplo, cuando estaba, de hecho, en su ciudad natal, Tebas, el joven dios introdujo sus fiestas, a las que todo el pueblo se sumó, siendo presa de delirios místicos. Pero el rey Penteo se opuso a ritos tan ajenos a las costumbres. Intentó encarcelar al dios y a sus sacerdotisas, las bacantes, y fue castigado por ello, así como su madre Ágave, que tampoco reconocía al dios. Ágave, en pleno delirio místico, desgarró con sus propias manos a su hijo y rey de Tebas, Penteo, en el monte Citerión.

Tras todas estas luchas para ser reconocido entre los mortales y para implantar su culto entre los humanos, el dios pudo ascender al Olimpo, terminada ya su misión. Pero antes de ello, descendió al Hades, lugar donde, según la tradición griega, residían las almas de los muertos, en busca de su madre, Sémele, para llevarla también junto a él a la compañía de los dioses inmortales.

miércoles, 6 de junio de 2018

El alma del vino.

Una noche, el alma del vino cantó en las botellas:
"¡Hombre, hacia ti elevo, ¡oh! querido desheredado,
Bajo mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos,
Una canción colmada de luz y de fraternidad!

Sobre la colina en llamas, yo sé cuánto se requiere
De pena, de sudor y de sol abrasador
Para engendrar mi vida y para infundirme el alma;
Mas, no seré ni ingrato ni dañino,


Pues que experimento un regocijo inmenso cuando caigo
En el gaznate de un hombre consumido por su labor,
Y su cálido pecho es una dulce tumba
En la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.

¿Oyes resonar las canciones dominicales
Y la esperanza que gorjea en mi pecho palpitante?
Los codos sobre la mesa y arremangado,
Tú me glorificarás y te sentirás contento;

Yo iluminaré los ojos de tu mujer arrebatada;
A tu hijo le volveré su fuerza y sus colores
Y seré para ese frágil atleta de la vida
El ungüento que fortalece los músculos de los luchadores.

En ti yo caeré, vegetal ambrosía,
Grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,
Para que de nuestro amor nazca la poesía
Que brotará hacia Dios cual una rara flor!"

                                                                   En Las flores del mal, de Charles Baudelaire.

martes, 5 de junio de 2018

Ser infeliz.

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.


Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes. Miré un poco en esa dirección, después dije: “buenas tardes”, y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:

-¿Es a mí realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?

-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.

-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta.

-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquilícese.

-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa. Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna? Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.

-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?

-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligaré a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?

-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho. Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?

-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña. Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita. Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.

-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.

-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo “por fin” porque ya es tan tarde. No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.

-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.

-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.

-¿Es esto amable?

-Hablo de antes.

-¿Sabe usted cómo seré después?

-Nada sé yo.
Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.

-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.

-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.

-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.

-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.

-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?

-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?

-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.

-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí. De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.

-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.

-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara. Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.

-Pero yo he oído decir que se les puede seducir.

-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?

-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro escalón.

-¡Ah, sí…! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.

-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.

-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.

-Entonces está bien -dije.
Y ahora sí que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.
Franz Kafka.

Leer.

Creo que deberíamos leer solo la clase de libros que nos hieren o apuñalan. Si el que estamos leyendo no nos despierta con un mazazo a la cabeza, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Por Dios, todos seríamos felices aun si no hubiera libros, y la clase de libros que nos hacen felices son esos que podríamos escribir nosotros mismos si tuviéramos que hacerlo. 

Pero necesitamos libros que nos afecten como un desastre, que nos pesen profundamente, como la muerte de alguien a quien amábamos más que a nosotros, como el exilio a un bosque apartado de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar congelado en nosotros. Eso es lo que creo.
Carta de Franz Kafka a Oskar Pollak 1904.

lunes, 4 de junio de 2018

Há tempos.

Parece cocaína
Mas é só tristeza
Talvez tua cidade
Muitos temores nascem
Do cansaço e da solidão
Descompasso, desperdício
Herdeiros são agora
Da virtude que perdemos













Há tempos tive um sonho
Não me lembro, não me lembro

Tua tristeza é tão exata
E hoje o dia é tão bonito
Já estamos acostumados
A não termos mais nem isso

Os sonhos vêm e os sonhos vão
E o resto é imperfeito

Dissestes que se tua voz
Tivesse força igual
À imensa dor que sentes
Teu grito acordaria
Não só a tua casa
Mas a vizinhança inteira

E há tempos
Nem os santos têm ao certo
A medida da maldade
E há tempos são os jovens
Que adoecem
E há tempos
O encanto está ausente
E há ferrugem nos sorrisos
Só o acaso estende os braços
A quem procura
Abrigo e proteção

Meu amor!
Disciplina é liberdade
Compaixão é fortaleza
Ter bondade é ter coragem (e ela disse)
Lá em casa tem um poço
Mas a água é muito limpa