¿Para qué valdría la pasión (acharnement) de saber, si sólo asegurara la adquisición de conocimientos y no de alguna manera –y tanto como se pueda– el extravío de aquel que conoce? Hay momentos en la vida en que el problema de saber si uno puede pensar de manera distinta a como piensa y percibir de otra manera que como ve es indispensable para continuar mirando o re-flexionado. (...) Pero, ¿qué es la filosofía en la actualidad –quiero decir la actividad filosófica– si no es un trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo, y si no consiste, en lugar de legitimar lo que ya se sabe, en emprender la tarea de saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera?”

El uso de los placeres.
Michel Foucault.

viernes, 2 de junio de 2017

Otros años 70

Juan Estévez, Premio Nacional de Literatura con una narración de la dictadura desde la pobreza y la resistencia de gente anónima.
 
Fumando al lado de una Suzuki 125. Así nos espera Juan Estévez, el ganador del Premio Nacional de Literatura del año pasado, que llegó en moto desde Villa Soriano para hacer la primera ronda de entrevistas.

Nació en Mercedes en 1956, trabajó más de 20 años en el diario local Crónicas, editó una revista de humor (El Umbligo) y publicó dos libros, uno de relatos infantiles y otro en el que recopiló 40 reportajes dedicados a “gente de los oficios, con una impronta costumbrista y popular”. Unos años antes había trabajado en la construcción, en la represa de Palmar, en cultivos de remolacha (carpió, recarpió, arrancó, escoló y cargó camiones), en metalúrgica y en quintas, y por cinco años sostuvo una radio comunitaria, con programas que congregaban a gauchos y payadores de la zona. Hace unos días se editó Entusiasmo sublime, la novela con la que Estévez retoma un canto a la libertad, enmarcado en el Uruguay de 1975 y 1976: entre cuarteles y quilombos, prostitutas y milicos, y un afiche de Piotr Kropotkin que anima la lucha, Iván intenta sobrevivir. Apenas coquetea con el anarquismo, esquiva como puede el desamparo y se empeña en mantenerse al margen de la maquinaria de acoso y muerte, cuando todo se descompone, el país se hunde y la memoria comienza a grabarse en los cuerpos. Así, las calles de tierra, las paredes sin revocar y la cumbia de Los Wawancó conviven con Led Zeppelin, Emerson, Lake & Palmer, Joe Cocker y el recuerdo, en su memoria, del “sonido de las carcajadas de su madre en la pista de baile, la noche que el dueño se apareció con un disco nuevo en el que Los Olimareños cantaban ‘De cojinillo’”.

“–Nunca va a tener mala suerte, dijo el curandero y zumbó su tijera orbitando” alrededor del niño. “Desde el taburete vio a su madre, a la virgen, al tarro de las colaboraciones, a Sosa en trance entrenado y supo que iba a tener una vida difícil. Lo confirmó el porrazo de la salida”. Cuando puede, Iván se aventura por Mercedes, San José y Entre Ríos, registrando un relato que empezaba a ser tan eficiente y anónimo como cruel. Lejos del mito y de la historia, comienza a rodar por un camino sin retorno, trazando un vertiginoso recorrido a partir de un combate incesante, inacabado y personal. A eso se suman eventos imprevistos, como un atentado de Raúl Sendic en Mercedes, o el episodio en que un aviador de la Fuerza Aérea Uruguaya “robó –en agosto de 1974– un avión, lo llevó a Buenos Aires en señal de protesta, y allá quedó, exiliado”. La novela, que ya cuenta con el impulso de dos grandes referentes de la literatura uruguaya contemporánea, como Gustavo Espinosa y Henry Trujillo, se presenta el 14 de junio en Kalima.

Si te comprás una Ninja andás a más de 200, pero a mí la velocidad no me gusta. Lo que me gusta es viajar. Siempre digo que con un auto vas en una burbuja, con aire acondicionado y música; pero en una moto viajás, sentís olores, calor, frío, comés tierra, estás en contacto con esa realidad. Mi zona de confort es el asiento de la moto. Porque, además, es el único momento en el que puedo meditar y contrarrestar mi nula motricidad: nunca pude tocar la batería o la guitarra, nunca pude dibujar, pero en la moto uso las manos y los pies, escucho música, miro, soy más entero”, admite este motoquero al que en el pueblo todos felicitan por el galardón. “Ta todo bien con el premio, pero tengo otras prioridades. Ni siquiera sé si voy a volver a publicar, pero escribir está dentro de mis gustos. Ahora estoy enfocado en terminar un parador sobre el río para que se convierta en un punto de reunión con el arte de la zona. Para mí la plata no es lo primero: saqué tres semanarios y a todos los fundí. Lo que cuenta es tener proyectos y poder llevarlos adelante”, dice, consciente de esta historia que lo persigue de cerca.

Hace más de diez años que decidiste quedarte en Villa Soriano.
-Es donde empecé a encontrar la tranquilidad; antes vivía muy acelerado. Es un pueblo de sobrevivientes: fue capital departamental, le dio nombre al departamento; tenía todos los servicios y los fue perdiendo. En un departamento blanco, Villa Soriano era colorada, y después pasó a ser del Frente [Amplio]. Son tan sobrevivientes que si alguno no puede pagar la luz organiza la rifa de un par de zapatos o de una mochila, o se juega con la quiniela a diez pesos el número, y lo logra. Para vivir en Mercedes prefería un lugar neutro y no uno mediocre. Porque mediocre es aquel que tiene la posibilidad de superarse y no lo hace. Villa Soriano no ha tenido la posibilidad. Pero Mercedes sí. A no ser por iniciativas privadas, como el Jazz a la Calle, lo demás es un desastre. Ahí escribí para una murga, en 2001.

Y ganaste un premio.
-Sí, pero la murga tampoco se ha superado, sigue haciendo lo mismo en el modo de encarar la letra, los chistes. En aquel entonces escribí dos cuplés; uno para que ellos se sintieran cómodos, y el otro era de Popeye y Olivia, se cruzaba con los desaparecidos, la dictadura. Pero el tema era que ellos cantaban y no se movían, y si se movían no cantaban.

Vos naciste en Mercedes.
-Mi historia personal es medio complicada: conocí a mi viejo a los 19 años porque decidí buscarlo. Y no sabía ni el nombre. Porque mi vieja, estando embarazada, se fue. Y cuando me tuvo, me anotó con el apellido de él en la libreta. Después tuvo a mi hermano e hizo lo mismo, y pensábamos que éramos hermanos también de padre, pero no era así. Entonces, fue complicado. Me fui de muy chico. Después, estando en Fray Bentos, volví y le pedí a ella permiso para viajar por Uruguay y Brasil, porque era menor. A los 17 me fui a trabajar a Gualeguaychú. Allá fui ayudante de plomero, vendí yuyos por la calle e hice un reparto de vinos con el hijo del dueño de la pensión donde me quedaba. El tipo era playboy y yo tenía que bancarle la cabeza. A veces se dormía en los viajes y no repartía. En la pensión aprendí a jugar a los dados, vendí unas revistas y me puse a jugar. Me fue bien. Después anduve en muchas cosas.

¿Cómo llegaste al periodismo?
-En 1989 se hizo un concurso departamental de fotografía, y como era aficionado decidí presentarme. ¿Conociste las Petri? [le pregunta al fotógrafo]: después las absorbió Nikon, pero eran de muy alta calidad, y además yo tenía un tele[objetivo] 400. Participé y gané el concurso.

¿Qué fotografiaste?
-Los angelitos de la rambla. Pero los saqué desde el muelle, así que estaban los angelitos con la plaza de deporte, y la llamé “Juegos de ángeles”. En seguida me llamaron del diario, me hicieron una nota y me preguntaron si quería sacar fotos para ellos. Al otro día fui y me dijeron si me animaba a hacer una nota sobre un vendaval que había pasado por el camping. Cuando llegué no había nadie, sólo una carpa, porque ya se habían ido todos. Como conocía al sereno, le pregunté quién estaba en la carpa, y me dijo que era el gordo Rodríguez, un milico. Al ratito lo llama, y veo que el gordo Rodríguez se tira en la chalana y sale. “Vení, gordo”, le grité, y ahí me dijo: “No, si estoy de licencia. Se llegan a enterar de que estoy acá y me llaman”. De repente me quedé sin la nota. Pero mi abuelo me había enseñado que nunca volviera con las manos vacías, y me fui a hablar con el director de Turismo para que contara qué había pasado. Y el tipo empezó a hablar, hablar y hablar. Habló 20 minutos, le metí dos o tres preguntitas, y le agradecí. Como no sabía escribir a máquina, desgrabé a lápiz, lo armé y mi señora me lo pasó a máquina. Así empecé. Después, en enero empecé a armar un reportaje, porque se dio algo rarísimo: secuestraron a un taxista y lo metieron en un baúl. Armé eso, y en febrero, cuando asumieron los legisladores, me vine a cubrirlo. Ese fue el comienzo.

Y después decidiste ir por semanarios.
-En abril de 1990 fui cofundador de una revista cultural, Humbral, y ahí me tocó hacer diagramación, engrampar los avisos, poner los guiones de las viñetas, mil cosas. Al año estaba recontra cansado. Y como tenía mucha tendencia al humor, me terminé decidiendo por una revista de humor [Umbligo], que se mantuvo cinco años. Entre medio hice dos semanarios, con noticias y artículos de investigación.

¿Y la historieta te acompañaba desde chico?
-Desde la infancia. Mi primer libro lo leí a los 12 años. De grande entré al cómic. Era asiduo cliente de la librería que está ahí, abajo del [Palacio] Salvo. Las 100 primeras de Fierro las tengo, y las 400 y pico de Humo®. También Guambia y El Dedo. En 1978, cuando salió Humo®, la compré en Tristán [Narvaja] unos meses después. Con esa revista lloré. Arriba venía con frases que siempre eran críticas veladas, con un humor muy mordaz y muy irónico, buscando la complicidad. Y ahí dije: “Pah, se puede”. También empecé a escribir guiones de historietas (publiqué dos en ¡¡Blung!!), y en Brecha salimos premiados [él y Ángel Juárez] en un concurso de tiras humorísticas que hicieron en 1992.

Hasta que empezaste a pensar que era posible escribir una novela.
-Hace siete años empecé a pensarla. Y lo que hice, básicamente, fue recoger experiencias. Por eso mismo tuvo otros desarrollos, hasta que la tijereteé salado. Lo que quería era que la leyeran los jóvenes. Me parece que es una temática que ha sido abordada desde puntos de vista de izquierda o de derecha, y en el medio hubo muchísima gente. Se habla de la generación X y la generación milenio, y ha quedado un poco relegada la generación sándwich; aquellos que éramos muy jóvenes cuando llegó la dictadura, que casi no tuvimos participación política antes. Yo quería escribir sobre eso. A [Mario] Benedetti una vez le preguntaron por qué no escribía de los obreros, y él dijo que porque no conocía esa vida. Entonces, casi siempre escribió sobre la clase media. Yo vengo de la pobreza y sé lo que es el hambre. Al pasar hambre no sentís nada, salvo cuando comés. Y eso hay que experimentarlo, aunque no creo que siempre tenga que ser así. Desde el primer momento me planteé qué pasaba si se contaba una historia de la dictadura desde la pobreza y desde la rebeldía. Y fui por ahí. De alguna manera, el personaje tenía que manejar algunos datos, porque si no era un lumpen más. Y en esa relación con un grupo anarquista se instruye un poco. Porque en aquella época estabas desinformado, y muchos no entendían nada. No había la información que hay ahora. Yo tenía que hacer tres cuadras para mirar la televisión, porque tenía que ir a la casa de un vecino, en la que todos se sentaban en la vereda, en unos banquitos, frente al televisor. Era algo totalmente diferente. Hoy un púber no se puede imaginar lo que era vivir sin celular, y nosotros no teníamos televisión, no teníamos heladera. Usábamos una de madera a la que le poníamos diarios. Antes publiqué dos libros con relatos autobiográficos de la infancia, y nunca los encaré desde el resentimiento. Porque eso es lo que me tocó vivir. Y la verdad es que fui feliz, de acuerdo a lo que tenía. Así fue como me convertí en un resiliente. Mi vieja se mataba tejiendo acolchados de crochet, pero eran todos calados y me cagaba de frío. Es una contradicción esa, ¿no? Te pasaba el viento limpio.

Iván lleva en el bolsillo un retrato de Kropotkin, alguien que consideraba central la ayuda mutua para vivir en sociedad. Y eso en la novela es constante. ¿Qué te interesaba trabajar en ese sentido?
-Mostrar esa otra época, en la que los valores eran otros, en la que la solidaridad ni siquiera se nombraba como tal. En todo caso, lo que se hacía era una gauchada. La idea era reivindicar algunas de las cosas que se daban entonces. Puede ser que haya un poco de amargura, pero también se trata de la realidad. Ahora no estamos exentos de convertirnos en herejes en cualquier momento. No todo el mundo es capaz de resignarse. En esa época, en los 70, se era más lírico, ahora somos más materialistas. Pero bueno, es el progreso...

Es un retrato de la dictadura desde dentro de un cuartel, por alguien que, en definitiva, termina cumpliendo con la consigna de Kropotkin de no ser neutral. ¿Cómo se construye ese límite tan complejo?
-Es que nunca es neutral. Él siempre carga con ese sentimiento de libertad, y por eso termina recibiendo algunas cachadas. Trata de hacer un curso de auxiliar contable para irse, pero le sale mal la jugada. Sólo se queda para demostrarles que es mejor, y al final le termina dando una cachetada al general con su renuncia. Es su lucha. Y esa rebeldía lo lleva a no guarecerse en un colectivo. La idea era reivindicar que hubo otros héroes anónimos. Ahí también se cruza la historia del Perro Igenes, cuando se roba el avión [de la Fuerza Aérea]. Esa historia es cierta, y en octubre va a venir el Perro a la Feria del Libro. Nunca trascendió, y fue un hecho de rebeldía. Por eso me interesa que se conozca que a la dictadura también se la enfrentó desde otro ángulo, que era más indefenso pero también más activo. A los resistentes anónimos no se los reivindica en la historia.

¿Cómo es eso del atentado de Sendic en Mercedes?
-Eso fue así. Hoy en día permanece la huella del balazo que el teniente le tiró a Sendic, en la casa de enfrente. Ahí está ficcionalizado, pero las consecuencias fueron esas. El tipo todavía vive. Es jubilado de coronel, vive en Colonia y se dedica al turismo. En aquel momento [abril de 1972] lo querían asustar porque sabían que era un torturador, pero el tipo reaccionó primero y tiró, y ellos terminaron respondiéndole a la panza, pero sobrevivió.

Qué buena escena esa en la que Sendic se escapa en el cuadro de una bicicleta.
-Me costó llegar a eso, y llegar a involucrar a Iván en esa escena. Todos los personajes son reales, como Cascarilla, El Aboyau, Yirato. El Aboyau en dictadura se mamaba e iba gritando por la calle “yo soy frenteamplista, comunista, marxista”. Mamadazo. Los milicos ya lo conocían, ¿viste? Y le decían “andá, andá pa’ tu casa”. Como era loco... Yirato se murió a raíz de las torturas, y Cascarilla también se comió la cana. Ahora vive en una casilla, es un sobreviviente, como los hay muchos. La información del gallego Germán y Lito la tomé de [Samuel] Blixen, porque a ellos no los conocí. Bigotes está inspirado en un Bigotes que existió y era comunista. Vivía al lado del club Con los Mismos Colores, y ese barrio fue el epicentro del Partido Comunista Revolucionario en Uruguay. Eran los maoístas. La base no estaba en Montevideo, estaba en Mercedes. Y eran casi todos de ahí. Tengo un amigo que se hizo maoísta para llevarle la contra a las Selecciones del Reader’s Digest, porque dijo: “Si hablan mal de los chinos, deben ser buenos”. En la dictadura se instaló la mezquindad, porque todos desconfiaban de los demás. Y ese fue el germen de la lumpenización.

¿Al escribir tuviste presente alguna referencia? Has hablado de Mario Delgado Aparaín, por ejemplo, y en La balada de Johnny Sosa hay un negro rockero en un pueblo del interior cooptado por militares.
-Y... soy consecuencia de mis lecturas, pero el padre de la atmósfera es La balada de Johnny Sosa. Mario Delgado Aparaín la va a presentar en octubre, en la Feria. A esa novela la leí varias veces. Me pasó lo mismo que había vivido con Sombras sobre la tierra [de Paco Espínola]. Cuando descubrí a Paco Espínola dije: “pah, ¡este viejo!”. Hay autores que me han impactado, como Alberto Mediza, que escribía teatro y poesía, y que era de Cardona pero desapareció en La Plata. O Carlos Brandy y su libro de poemas Rey humo [1948]. Son cosas que me marcaron. Escribiendo viví distintas etapas, pasé meses sin escribir y de repente estuve meses escribiendo. Haciendo esta novela aprendí a corregirme, aprendí el placer de releer. En mi vida he llegado tarde a todo. Empecé a trabajar en periodismo a los 33 años, escribí mi primera novela a los 60, empecé a viajar en moto a los 40. Pero hay algo bueno en esto, y es que la vejez también se debería demorar.

En la novela sólo aparecen dos motos, la del afiche de Busco mi destino y una reformada en San José, pero quedan al margen.
-Siempre están, pero era complicado, sobre todo porque el personaje no tenía recursos, y en aquellos años tener una bicicleta ya era estatus, se le ponían antenitas, cintitas, luces. Imaginate. Ni soñando una moto. He escrito relatos. Por ejemplo, en “En la esquina del paraíso” hay uno sobre las bicicletas. Me acuerdo de que envidiaba a uno que era chiquitito y tenía una bicicleta enorme, negra; andaba con la pata adentro del cuadro porque no alcanzaba a dar todo el giro, y me sacaba la lengua. Yo lo odiaba... Es toda una historia. Y cómo le robábamos la bicicleta a un vecino para aprender a andar.

En lo marginal y el mundo del rock te cruzás con Espinosa.
-Antes de escribir la novela no lo había leído, pero ahora sí. Lo primero que conocí fue Las arañas de Marte, y me sentí plenamente identificado. Él es un sabio, yo soy un improvisado. Él tiene una preparación, es músico, profesor. Por eso es un maestro.

Y tu novela la va a presentar Henry Trujillo.
-A Henry lo conocía de Mercedes, cuando ya era escritor. Ojos de caballo es Mercedes... Casi que como dato anecdótico, a esto se sumó que para avisarme del premio me llamaron un 7 de diciembre, y yo no atendí. Al otro día volvieron a llamar, me dijeron que era por el concurso del MEC, y les pregunté si era por alguna mencioncita, pero al final era el primer premio. Y era Hugo Fontana el que me llamó. O sea que la noticia me la dio un escritor, y un escritor que yo había leído. Impresionante, porque ligué hasta en eso.

¿Creés que el dolor ya no nos rompe, como plantea el epígrafe?
-A mí, por lo menos, no me rompió; tal vez tenga que ver con la resiliencia. Pero me chicoteó, y sentí el golpe. Hasta ahí. Creo que la vez que pasé peor fue cuando se murió mi mujer: me quedé solo con tres gurises, uno de un año, otro de tres y otro de cinco, y estuve un mes sin dormir, o durmiendo muy mal. Si salí de eso, salgo de cualquier cosa. Pero creo que la gente está más débil: por algo vive Pilar Sordo.
   En La diaria, 2 de junio de 2017.
Débora Quiring.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral




















 
 
 
(...) ¿Qué es entonces la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal. (...)

En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral de Friedrich Nietzsche.

lunes, 29 de mayo de 2017

Doesn't remind me


 



















I walk the streets of Japan till I get lost
Cause it doesn't remind me of anything
With a graveyard tan carrying a cross
Cause it doesn't remind me of anything
I like studying faces in a parking lot
Cause it doesn't remind me of anything
I like driving backwards in the fog
Cause it doesn't remind me of anything

The things that I've loved the things that I've lost
The things I've held sacred that I've dropped
I won't lie no more you can bet
I don't want to learn what I'll need to forget











I like gypsy moths and radio talk
Cause it doesn't remind me of anything
I like gospel music and canned applause
Cause it doesn't remind me of anything
I like colorful clothing in the sun
Cause it doesn't remind me of anything
I ilke hammering nails and speaking in tongues
Cause it doesn't remind me of anything

The things that I've loved the things that I've lost
The things I've held sacred that I've dropped
I won't lie no more you can bet
I don't want to learn what I'll need to forget

Bend and shape me
I love the way you are
Slow and sweetly
Like never before
Calm and sleeping
We won't stir up the past
So descretely
We won't look back

The things that I've loved the things that I've lost
The things I've held sacred that I've dropped
I won't lie no more you can bet
I don't want to learn what I'll need to forget
 
I like throwing my voice and breaking guitars
Cause it doesn't remind me of anything
I like playing in the sand what's mine is ours
If it doesn't remind me of anything

 

No me lo recuerda

 
Camino las calles de Japón hasta que me pierdo
Porque no me trae recuerdos de nada
Con un sepulcro oscurecido, llevando una cruz
Porque no me trae recuerdos de nada
Me gusta estudiar rostros en el estacionamiento
Porque no me trae recuerdos de nada
Me gusta conducir en reversa en la niebla
Porque no me trae recuerdos de nada


Las cosas que he amado, las cosas que he perdido
Las cosas que sostuve sagradas y las deje caer
Puedes apostar que no mentiré más
No quiero aprender lo que necesitaré olvidar

Me gustan las polillas nocturnas y la charla en la radio
Porque no me trae recuerdos de nada
Me gustan la música de la iglesia y los aplausos grabados
Porque no me trae recuerdos de nada
Me gusta vestir ropa de colores fuertes en el sol
Porque no me trae recuerdos de nada
Me gusta clavar clavos y hablar en lenguas
Porque no me trae recuerdos de nada

Las cosas que he amado, las cosas que he perdido
Las cosas que sostuve sagradas y las deje caer
Puedes apostar que no mentiré más
No quiero aprender lo que necesitaré olvidar

Dóblame y defórmame
Amo tu modo de ser
Lento y dulcemente
Como nunca antes
Calmos y durmiendo
No invocaremos el pasado
Discretamente
No miraremos hacia atrás



Las cosas que he amado, las cosas que he perdido
Las cosas que sostuve sagradas y las deje caer
Puedes apostar que no mentiré más
No quiero aprender lo que necesitaré olvidar

Me gusta sacar mi voz y romper guitarras
Porque no me trae recuerdos de nada
Me gusta tocar en la arena, lo que es mío es nuestro
Si no me trae recuerdos de nada

 

domingo, 9 de abril de 2017

Final.























Instrucciones para la reconstrucción de la personalidad.

Esto se me antojó interesante y entré en aquella puerta. Me acogió una estancia a media luz y en silencio; allí estaba sentado en el suelo, sin silla, al uso oriental, un hombre que tenía ante sí una cosa parecida a un tablero grande de ajedrez. En el primer momento me pareció que era el amigo Pablo, por lo menos llevaba el hombre un batín de seda multicolor por el estilo y tenía los mismos ojos radiantes oscuros.

-¿Es usted Pablo? -pregunté.
-No soy nadie -declaró amablemente-. Aquí no tenemos nombres, aquí no somos personas. Yo soy un jugador de ajedrez. ¿Desea usted una lección acerca de la reconstrucción de la personalidad?
-Sí, se lo suplico.
-Entonces tenga la bondad de poner a mi disposición un par de docenas de sus figuras.
-¿De mis figuras...?
-Las figuras en las que ha visto usted descomponerse su llamada personalidad. Sin figuras no me es posible jugar.

Me puso un espejo delante de la cara, otra vez vi allí la unidad de mi persona descompuesta en muchos yos, su número parecía haber aumentado más. Pero las figuras eran ahora muy pequeñas, aproximadamente como figuras manejables de ajedrez, y el jugador, con sus dedos silenciosos y seguros, cogió unas docenas de ellas y las puso en el suelo junto al tablero.
Luego habló como el hombre que repite un discurso o una lección dicha muchas veces:

-La idea equivocada y funesta de que el hombre sea una unidad permanente, le es a usted conocida. También sabe que el hombre consta de una multitud de almas, de muchísimos yos. Descomponer en estas numerosas figuras la aparente unidad de la persona se tiene por locura, la ciencia ha inventado para ello el nombre de esquizofrenia. La ciencia tiene en esto razón en cuanto es natural que ninguna multiplicidad puede dominarse sin dirección, sin un cierto orden y agrupamiento. En cambio, no tiene razón en creer que sólo es posible un orden único, férreo y para toda la vida, de los muchos sub-yos. Este error de la ciencia trae no pocas consecuencias desagradables; su valor está exclusivamente en que los maestros y educadores puestos por el Estado ven su trabajo simplificado y se evitan el pensar y la experimentación.

Como consecuencia de aquel error pasan muchos hombres por «normales», y hasta por representar un gran valor social, que están irremisiblemente locos, y a la inversa, tienen a muchos por locos, que son genios. Nosotros completamos por eso la psicología defectuosa de la ciencia con el concepto de lo que llamamos arte reconstructivo. Al que ha experimentado la descomposición de su yo le enseñamos que los trozos pueden acoplarse siempre en el orden que se quiera, y que con ellos se logra una ilimitada diversidad del juego de la vida. Lo mismo que los poetas crean un drama con un puñado de figuras, así construimos nosotros con las figuras de nuestros yos separados constantemente grupos nuevos, con distintos juegos y perspectivas, con situaciones eternamente renovadas. ¡Vea usted!

Con los dedos silenciosos e inteligentes, cogió mis figuras, todos los ancianos, jóvenes, niños y mujeres, todas las piececillas alegres y las tristes, las vigorosas y las débiles, las ágiles y las pesadas; las ordenó con rapidez sobre el tablero formando una combinación, en la que aquéllas se reunían al punto en grupos y familias, en juegos y en luchas, en amistades y en bandos enemigos, reflejando al mundo en miniatura. Ante mis ojos arrobados hizo moverse un rato al pequeño mundo lleno de agitación, y al mismo tiempo tan en orden; lo hizo jugar y luchar, concertar alianzas y librar batallas, comprometerse entre si, casarse, multiplicarse; era en efecto un drama de muchos personajes, interesante y movido.

Luego pasó la mano con un gesto sereno por el tablero, tumbó suavemente todas las figuras, las juntó en un montón y fue construyendo, artista complicado, con las mismas figuras un juego completamente nuevo, con grupos, relaciones y nexos diferentes en absoluto. El segundo juego se parecía al primero; era el mismo mundo, estaba compuesto del mismo material, pero la tonalidad había variado, el compás era distinto, los motivos estaban subrayados de otra manera, las situaciones, colocadas de otro modo. Y así construyendo el inteligente artífice con las figuras, cada una de las cuales era un pedazo de mí mismo, numerosos juegos, todos parecidos entre sí desde cierta distancia, todos como pertenecientes al mismo mundo, como comprometidos al mismo origen, cada uno, sin embargo, enteramente nuevo.

-Esto es arte de vivir -dijo doctoralmente-; usted mismo puede ya de aquí en adelante seguir conformando y animando, complicando y enriqueciendo a su capricho el juego de su vida; está en su mano. Así como la locura, en un grado superior, es el principio de toda ciencia, así es la esquizofrenia el principio de todo arte, de toda fantasía. Hay sabios que se han dado cuenta ya de esto a medias, como puede comprobarse, por ejemplo, en El cuerno maravilloso del príncipe, aquel libro encantador, en el cual el trabajo penoso y aplicado de un sabio es ennoblecido por la cooperación genial de una multitud de artistas locos y encerrados en manicomios. Tome, guarde usted para sí sus figuritas; el juego le proporcionará placer aún muchas veces. La figura que hoy, haciendo de coco insoportable, le eche a perder el juego, mañana podrá usted degradarla, convirtiéndola en un comparsa insignificante. Usted, al juego siguiente, puede hacer una princesa de la pobre y simpática figurilla que durante toda una combinación parecía condenada a irremediable desventura. Le deseo que se divierta mucho, caballero.

Me incliné profundamente y, agradecido ante este inteligente jugador de ajedrez, guardé las figuritas en mi bolsillo y me retiré por la puerta angosta. En realidad me había figurado que al momento me sentaría en el suelo en el corredor para jugar con las figuras horas enteras, toda una eternidad; pero apenas estuve otra vez en el pasillo luminoso y redondo del teatro, cuando nuevas corrientes, más fuertes que yo, me apartaron de esto.

En El lobo estepario de Hermann Hesse.

viernes, 7 de abril de 2017

Coming back to life. Pink Floyd.


Where were you when I was burned and broken,
while the days slipped by from my window watching?
Where were you when I was hurt and I was helpless,
because the things you say and the things you do surround me?
While you were hanging yourself on someone else's words,
dying to believe in what you heard,
I was staring straight into the shining sun.

Lost in thought and lost in time,
while the seeds of life and the seeds of change were planted,
outside the rain fell dark and slow.
While I pondered on this dangerous but irresistible pastime
I took a heavenly ride through our silence.
I knew the moment had arrived
for killing the past and coming back to life.

I took a heavenly ride through our silence.
I knew the waiting had begun.
And headed straight ...into the shining sun.

Walt Whitman: Canto a mí mismo.

XXI

Soy el poeta del cuerpo
y el poeta del alma.
Los placeres del cielo son míos
y los tormentos del infierno también.
Los placeres, los injerto y los prolongo en mí mismo y los tormentos, los traduzco a una lengua nueva.

 














 
 
Soy el poeta de la mujer
y el poeta del hombre.
Y digo que es tan grande ser hombre
como ser mujer.
Y que nada es tan grande como ser la madre de los hombres.

Canto la canción del crecimiento y del orgullo.
(Ya nos hemos arrastrado y escondido bastante.)
Y afirmo que el tamaño no es más que desarrollo.
¿Has sobrepasado a todo?
¿Eres tú el Presidente?
Pues eso no es nada……. una bagatela.
Cualquiera puede ser Presidente,
y todos llegarán más allá.

Yo soy el que camina por la noche que empieza y que se agrada,
y grito al mar y a la tierra perdidos en la noche como yo.
Noche, apriétame contra tu pecho desnudo,
apriétame contra tu pecho desnudo, noche nutricia y magnética.
Noche de vientos australes,
noche de grandes astros solitarios,
noche callada que me guiñas,
noche loca y desnuda que me buscas.

Tierra, sonríe:
sonríe con tu aliente fresco. Tierra voluptuosa de bosques adormilados y vaporosos,
Tierra de crepúsculos muertos.
Tierra de crestas hundidas en la niebla,
Tierra de bañada con la leche azulenca de la luna llena,
Tierra de luces y de sombras que jaspean la corriente del río,
Tierra de nubes límpidas y grises que mi amor abrillante y enciende,
Tierra de profundos barroncos y llena de flores de manzano…..
Sonríe, sonríe porque tu amada llega.
Amor me diste generosa
y amor te devuelvo…..
amor indescriptible y apasionado.
En Canto a mí mismo, de Walt Whitman.

jueves, 6 de abril de 2017

El río.

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo.

Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.


Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola.

Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.

Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estuviera tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre.


No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo.

Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

En Final del juego, de Julio Cortázar.

miércoles, 5 de abril de 2017

La otra canción del baile.

I

«En tus ojos he mirado hace un momento, oh vida: oro he visto centellear en tus nocturnos ojos, mi corazón se quedó paralizado ante esa voluptuosidad: ¡una barca de oro he visto centellear sobre aguas nocturnas, una balanceante barca de oro que se hundía, bebía agua, tornaba a hacer señas!

A mi pie, furioso de bailar, lanzaste una mirada, una balanceante mirada que reía, preguntaba, derretía: Sólo dos veces agitaste tus castañuelas con pequeñas manos entonces se balanceó ya mi pie con furia de bailar. Mis talones se irguieron, los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte: lleva, en efecto, quien baila sus oídos ¡en los dedos de sus pies!

Hacia ti di un salto: tú retrocediste huyendo de él; ¡y hacia mí lanzó llamas la lengua de tus flotantes cabellos fugitivos! Di un salto apartándome de ti y de tus serpientes: entonces tú te detuviste, medio vuelta, los ojos llenos de deseo. Con miradas sinuosas me enseñas senderos sinuosos; en ellos mi pie aprende ¡astucias! Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu buscar me hace detenerme: yo sufro, ¡mas qué no he sufrido con gusto por ti! Cuya frialdad inflama, cuyo odio seduce, cuya huida ata, cuya burla conmueve: ¡quién no te odiaría a ti, gran atadora, envolvedora, tentadora, buscadora, encontradora! ¡Quién no te amaría a ti, pecadora inocente, impaciente, rápida como el viento, de ojos infantiles!

¿Hacia dónde me arrastras ahora, criatura prodigiosa y niña traviesa? ¡Y ahora vuelves a huir de mí, dulce presa y niña ingrata! Te sigo bailando, te sigo incluso sobre una pequeña huella. ¿Dónde estás? ¡Dame la mano! ¡O un dedo tan sólo! Aquí hay cavernas y espesas malezas: ¡nos extraviaremos! ¡Alto! ¡Párate! ¿No ves revolotear búhos y murciélagos? ¡Tú búho! ¡Tú murciélago! ¿Quieres burlarte de mí? ¿Dónde estamos?

De los perros has aprendido este aullar y ladrar. ¡Tú me gruñes cariñosamente con blancos dientecillos, tus malvados ojos saltan hacia mí desde ensortijadas melenitas! Éste es un baile a campo traviesa: yo soy el cazador ¿tú quieres ser mi perro, o mi gamuza? ¡Ahora, a mi lado! ¡Y rápido, maligna saltadora! ¡Ahora, arriba! ¡Y al otro lado! ¡Ay! ¡Me he caído yo mismo al saltar! ¡Oh, mírame yacer en el suelo, tú arrogancia, e implorar gracia! ¡Me gustaría recorrer contigo senderos más agradables! ¡senderos del amor, a través de silenciosos bosquecillos multicolores! O allí a lo largo del lago: ¡allí nadan y bailan peces dorados!


¿Ahora estás cansada? Allá arriba hay ovejas y atardeceres: ¿no es hermoso dormir cuando los pastores tocan la flauta? ¿Tan cansada estás? ¡Yo te llevo, deja tan sólo caer los brazos! Y si tienes sed, yo tendría sin duda algo, ¡mas tu boca no quiere beberlo! ¡Oh esta maldita, ágil, flexible serpiente y bruja escurridiza! ¿Adónde has ido? ¡Mas en la cara siento, de tu mano, dos huellas y manchas rojas! ¡Estoy en verdad cansado de ser siempre tu estúpido pastor! Tú bruja, hasta ahora he cantado yo para ti, ahora tú debes ¡gritar para mí! ¡Al compás de mi látigo debes bailar y gritar para mí! ¿Acaso he olvidado el látigo? ¡No!»


II

Entonces la vida me respondió así, y al hacerlo se tapaba los graciosos oídos:

«¡Oh Zaratustra! ¡No chasquees tan horriblemente el látigo! Tú lo sabes bien: el ruido asesina los pensamientos y ahora precisamente me vienen pensamientos tan gráciles. Nosotros somos, ambos, dos haraganes que no hacemos ni bien ni mal.

Más allá del bien y del mal hemos encontrado nuestro islote y nuestro verde prado ¡nosotros dos solos! ¡Ya por ello tenemos que ser buenos el uno para el otro! Y aunque no nos amemos a fondo, ¿es necesario guardar ese rencor si no se ama a fondo?

Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso lo sabes tú: y la razón es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ay, esa loca y vieja necia de la sabiduría! Si alguna vez se apartase de ti tu sabiduría, ¡ay!, entonces se apartaría de ti rápidamente también mi amor.»

En este punto la vida miró pensativa detrás de sí y en torno a sí y dijo en voz baja:

«¡Oh Zaratustra, tú no me eres bastante fiel! No me amas ni mucho menos tanto como dices, yo lo sé, tú piensas que pronto vas a abandonarme. Hay una vieja, pesada, pesada campana retumbante: ella retumba por la noche y su sonido asciende hasta tu caverna: cuando a medianoche oyes dar la hora a esa campana, tú piensas en esto entre la una y las doce tú piensas en esto, oh Zaratustra, yo lo sé, ¡en que pronto vas a abandonarme!»

«Sí, contesté yo titubeante, pero tú sabes también esto.» Y le dije algo al oído, por entre los alborotados, amarillos, insensatos mechones de su cabello.

«¿Tú sabes eso, oh Zaratustra? Eso no lo sabe nadie.»

Y nos miramos uno a otro y contemplamos el verde prado, sobre el cual empezaba a correr el fresco atardecer, y lloramos juntos. Entonces, sin embargo, me fue la vida más querida que lo que nunca me lo ha sido toda mi sabiduría. Así habló Zaratustra.

En Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche.

martes, 4 de abril de 2017

Relato con un fondo de agua, Julio Cortázar.

No te preocupes, disculpame este gesto de impaciencia. Era perfectamente natural que nombraras a Lucio, que te acordaras de él a la hora de las nostalgias, cuando uno se deja corromper por esas ausencias que llamamos recuerdos y hay que remendar con palabras y con imágenes tanto hueco insaciable. Además no sé, te habrás fijado que este bungalow invita, basta que uno se instale en la veranda y mire un rato hacia el río y los naranjales, de golpe se está increíblemente lejos de Buenos Aires, perdido en un mundo elemental.


Me acuerdo de Láinez cuando nos decía que el Delta hubiera tenido que llamarse el Alfa. Y esa otra vez en la clase de matemáticas, cuando vos…¿Pero por qué nombraste a Lucio, era necesario que dijeras: Lucio? El coñac está ahí, servite. A veces me pregunto por qué te molestás todavía en venir a visitarme. Te embarrás los zapatos, te aguantás los mosquitos y el olor de la lámpara a kerosene... Ya sé, no pongas la cara del amigo ofendido. No es eso, Mauricio, pero en realidad sos el único que queda, del grupo de entonces ya no veo a nadie. Vos, cada cinco o seis meses llega tu carta, y después la lancha te trae con un paquete de libros y botellas, con noticias de ese mundo remoto a menos de cincuenta kilómetros, a lo mejor con la esperanza de arrancarme alguna vez de este rancho medio podrido. No te ofendas, pero casi me da rabia tu fidelidad amistosa. Comprendé, tiene algo de reproche, cuando te vas me siento como enjuiciado, todas mis elecciones definitivas me parecen simples formas de la hipocondría, que un viaje a la ciudad bastaría para mandar al diablo.

Vos pertenecés a esa especie de testigos cariñosos que hasta en los peores sueños nos acosan sonriendo. Y ya que hablamos de sueños, ya que nombraste a Lucio, por qué no habría de contarte el sueño como entonces se lo conté a él. Era aquí mismo, pero en esos tiempos —¿cuántos años ya, viejo?— todos ustedes venían a pasar temporadas al bungalow que me dejaban mis padres, nos daba por el remo, por leer poesía hasta la náusea, por enamorarnos desesperadamente de lo más precario y lo más perecedero, todo eso envuelto en una infinita pedantería inofensiva, en una ternura de cachorros sonsos. Éramos tan jóvenes, Mauricio, resultaba tan fácil creerse hastiado, acariciar la imagen de la muerte entre discos de jazz y mate amargo, dueños de una sólida inmortalidad de cincuenta o sesenta años por vivir.

Vos eras el más retraído, mostrabas ya esa cortés fidelidad que no se puede rechazar como se rechazan otras fidelidades más impertinentes. Nos mirabas un poco desde fuera, y ya entonces aprendí a admirar en vos las cualidades de los gatos. Uno habla con vos y es como si al mismo tiempo estuviera solo, y a lo mejor es por eso que uno habla con vos como yo ahora. Pero entonces estaban los otros, y jugábamos a tomarnos en serio. 


Sabés, lo terrible de ese momento de la juventud es que en una hora oscura y sin nombre todo deja de ser serio para ceder a la sucia máscara de seriedad que hay que ponerse en la cara, y yo ahora soy el doctor fulano, y vos el ingeniero mengano, bruscamente nos hemos quedado atrás, empezamos a vernos de otro modo, aunque por un tiempo persistamos en los rituales, en los juegos comunes, en las cenas de camaradería que tiran sus últimos salvavidas en medio de la dispersión y el abandono, y todo es tan horriblemente natural, Mauricio, y a algunos les duele más que a otros, los hay como vos que van pasando por sus edades sin sentirlo, que encuentran normal un álbum donde uno se ve con pantalones cortos, con un sombrero de paja o el uniforme de conscripto…

En fin, hablábamos de un sueño que tuve en ese tiempo, y era un sueño que empezaba aquí en la veranda, conmigo mirando la luna llena sobre los cañaverales, oyendo las ranas que ladraban como no ladran ni siquiera los perros, y después siguiendo un vago sendero hasta llegar al río, andando despacio por la orilla con la sensación de estar descalzo y que los pies se me hundían en el barro. En el sueño yo estaba solo en la isla, lo que era raro en ese tiempo; si volviese a soñarlo ahora la soledad no me parecería tan vecina de la pesadilla como entonces. Una soledad con la luna apenas trepada en el cielo de la otra orilla, con el chapoteo del río y a veces el golpe aplastado de un durazno cayendo en una zanja. Ahora hasta las ranas se habían callado, el aire estaba pegajoso como esta noche, o como casi siempre aquí, y parecía necesario seguir, dejar atrás el muelle, meterse por la vuelta grande de la costa, cruzar los naranjales, siempre con la luna en la cara.

No invento nada, Mauricio, la memoria sabe lo que debe guardar entero. Te cuento lo mismo que entonces le conté a Lucio, voy llegando al lugar donde los juncos raleaban poco a poco y una lengua de tierra avanzaba sobre el río, peligrosa por el barro y la proximidad del canal, porque en el sueño yo sabía que eso era un canal profundo y lleno de remansos, y me acercaba a la punta paso a paso, hundiéndome en el barro amarillo y caliente de luna. Y así me quedé en el borde, viendo del otro lado los cañaverales negros donde el agua se perdía secreta mientras aquí, tan cerca, el río manoteaba solapado buscando dónde agarrarse, resbalando otra vez y empecinándose.


Todo el canal era luna, una inmensa cuchillería confusa que me tajeaba los ojos, y encima un cielo aplastándose contra la nuca y los hombros, obligándome a mirar interminablemente el agua. Y cuando río arriba vi el cuerpo del ahogado, balanceándose lentamente como para desenredarse de los juncos de la otra orilla, la razón de la noche y de que yo estuviera en ella se resolvió en esa mancha negra a la deriva, que giraba apenas, retenida por un tobillo, por una mano, oscilando blandamente para soltarse saliendo de los juncos hasta ingresar en la corriente del canal, acercándose cadenciosa a la ribera desnuda donde la luna iba a darle de lleno en plena cara.

Estás pálido, Mauricio. Apelemos al coñac, si querés. Lucio también estaba un poco pálido cuando le conté el sueño. Me dijo solamente: «¿Cómo te acordás de los detalles?» Y a diferencia de vos, cortés como siempre, él parecía adelantarse a lo que le estaba contando, como si temiera que de golpe se me olvidase el resto del sueño. Pero todavía faltaba algo, te estaba diciendo que la corriente del canal hacía girar el cuerpo, jugaba con él antes de traerlo de mi lado, y al borde de la lengua de tierra yo esperaba ese momento en que pasaría casi a mis pies y podría verle la cara. Otra vuelta, un brazo blandamente tendido como si eso nadara todavía, la luna hincándose en el pecho, mordiéndole el vientre, las piernas pálidas, desnudando otra vez al ahogado boca arriba.

Tan cerca de mí que me hubiera bastado agacharme para sujetarlo del pelo, tan cerca que lo reconocí, Mauricio, le vi la cara y grité, creo, algo como un grito que me arrancó de mí mismo y me tiró en el despertar, en el jarro de agua que bebí jadeando, en la asombrada y confundida conciencia de que ya no me acordaba de esa cara que acababa de reconocer. Y eso seguiría ya corriente abajo, de nada serviría cerrar los ojos y querer volver al borde del agua, al borde del sueño, luchando por acordarme, queriendo precisamente eso que algo en mí no quería.

En fin, vos sabés que más tarde uno se conforma, la máquina diurna está ahí con sus bielas bien lubricadas, con sus rótulos bien satisfactorios. Ese fin de semana viniste vos, vinieron Lucio y los otros, anduvimos de fiesta todo aquel verano, me acuerdo que después te fuiste al norte, llovió mucho en el delta, y hacia el fin Lucio se hartó de la isla, la lluvia y tantas cosas lo enervaban, de golpe nos mirábamos como yo nunca hubiera pensado que podríamos mirarnos. Entonces empezaron los refugios en el ajedrez o la lectura, el cansancio de tantas inútiles concesiones, y cuando Lucio volvía a Buenos Aires yo me juraba no esperarlo más, incluía a todos mis amigos, al verde mundo que día a día se iba cerrando y muriendo, en una misma hastiada condenación. Pero si algunos se daban por enterados y no aparecían más después de un impecable «hasta pronto», Lucio volvía sin ganas, yo estaba en el muelle esperándolo, nos mirábamos como desde lejos, realmente desde ese otro mundo cada vez más atrás, el pobre paraíso perdido que empecinadamente él volvía a buscar y yo me obstinaba en defenderle casi sin ganas. 

Vos nunca sospechaste demasiado todo eso, Mauricio, veraneante imperturbable en alguna quebrada norteña, pero ese fin de verano… ¿La ves, allá? Empieza a levantarse entre los juncos, dentro de un momento te dará en la cara. A esta hora es curioso cómo crece el chapoteo del río, no sé si porque los pájaros se han callado o porque la sombra consiente mejor ciertos sonidos. Ya ves, sería injusto no terminar lo que te estaba contando, en esta altura de la noche en que todo coincide cada vez más con esa otra noche en que se lo conté a Lucio. Hasta la situación es simétrica, en esa silla de hamaca llenás el hueco de Lucio que venía en ese fin de verano y se quedaba como vos sin hablar, él que tanto había hablado, y dejaba correr las horas bebiendo, resentido por nada o por la nada, por esa repleta nada que nos iba acosando sin que pudiéramos defendernos. Yo no creía que hubiera odio en nosotros, era a la vez menos y peor que el odio, un hastío en el centro mismo de algo que había sido a veces una tormenta o un girasol o si preferís una espada, todo menos ese tedio, ese otoño pardo y sucio que crecía desde adentro como telas en los ojos. Salíamos a recorrer la isla, corteses y amables, cuidando de no herirnos; caminábamos sobre hojas secas, pesados colchones de hojas secas a la orilla del río. A veces me engañaba el silencio, a veces una palabra con el acento de antes, y tal vez Lucio caía conmigo en las astutas trampas inútiles del hábito, hasta que una mirada o el deseo acuciante de estar a solas nos ponía de nuevo frente a frente, siempre amables y corteses y extranjeros. 


Entonces él me dijo: «Es una hermosa noche; caminemos.» Y como podríamos hacerlo ahora vos y yo, bajamos de la veranda y fuimos hacia allá, donde sale esa luna que te da en los ojos. No me acuerdo demasiado del camino, Lucio iba delante y yo dejaba que mis pasos cayeran sobre sus huellas y aplastaran otra vez las hojas muertas. En algún momento debí empezar a reconocer la senda entre los naranjos; quizá fue más allá, del lado de los últimos ranchos y los juncales. Sé que en ese momento la silueta de Lucio se volvió lo único incongruente en ese encuentro metro a metro, noche a noche, a tal punto coincidente que no me extrañé cuando los juncos se abrieron para mostrar a plena luna la lengua de tierra entrando en el canal, las manos del río resbalando sobre el barro amarillo. En alguna parte a nuestras espaldas un durazno podrido cayó con un golpe que tenía lago de bofetada, de torpeza indecible.

Al borde del agua, Lucio se volvió y me estuvo mirando un momento. Dijo: «¿Este es el lugar, verdad?» Nunca habíamos vuelto a hablar del sueño, pero le contesté: «Sí, este es el lugar.» Pasó un tiempo antes de que dijera: «Hasta eso me has robado, hasta mi deseo más secreto; porque yo he deseado un sitio así, yo he necesitado un sitio así. Has soñado un sueño ajeno.» Y cuando dijo eso, Mauricio, cuando lo dijo con una voz monótona y dando un paso hacia mí, algo debió estallar en mi olvido, cerré los ojos y supe que iba a recordar, sin mirar hacia el río supe que iba a ver el final del sueño, y lo vi, Mauricio, vi al ahogado con la luna arrodillada sobre el pecho, y la cara del ahogado era la mía, Mauricio, la cara del ahogado era la mía.

¿Por qué te vas? Si te hace falta, hay un revólver en el cajón del escritorio, si querés podés alertar a la gente del otro rancho. Pero quedate, Mauricio, quedate otro poco oyendo el chapoteo del río, a lo mejor acabarás por sentir que entre todas esas manos de agua y juncos que resbalan en el barro y se deshacen en remolinos, hay unas manos que a esta hora se hincan en las raíces y no sueltan, algo trepa al muelle y se endereza cubierto de basuras y mordiscos de peces, viene hacia aquí a buscarme. Todavía puedo dar vuelta la moneda, todavía puedo matarlo otra vez, pero se obstina y vuelve y alguna noche me llevará con él. Me llevará, te digo, y el sueño cumplirá su imagen verdadera. Tendré que ir, la lengua de tierra y los cañaverales me verán pasar boca arriba, magnífico de luna, y el sueño estará al fin completo, Mauricio, el sueño estará al fin completo.

En Final del juego, de Julio Cortázar.

lunes, 3 de abril de 2017

Tú escribe.








(...) tú escribe y como si fueran mías, dedica estas palabras a los vivos, cuyo vivir es correr hacia la muerte...