¿Para qué valdría la pasión (acharnement) de saber, si sólo asegurara la adquisición de conocimientos y no de alguna manera –y tanto como se pueda– el extravío de aquel que conoce? Hay momentos en la vida en que el problema de saber si uno puede pensar de manera distinta a como piensa y percibir de otra manera que como ve es indispensable para continuar mirando o re-flexionado. (...) Pero, ¿qué es la filosofía en la actualidad –quiero decir la actividad filosófica– si no es un trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo, y si no consiste, en lugar de legitimar lo que ya se sabe, en emprender la tarea de saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otra manera?”

El uso de los placeres.
Michel Foucault.

lunes, 30 de septiembre de 2019

El hechizo de la metamorfosis.
























Yo creo que el hombre griego se sentía también anulado en presencia del coro de sátiros, y el efecto más inmediato de la tragedia dionisíaca es que las instituciones políticas y la sociedad, en una palabra, los abismos que separan a los hombres los unos de los otros, desaparecían ante un sentimiento irresistible que los conducía al estado de identificación primaria con la Naturaleza.

 

En El origen de la tragedia, de Friedrich Nietzsche.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Para escuchar con audífonos.

Un técnico me lo explicó, pero no comprendí mucho. Cuando se escucha un disco con audífonos (no todos los discos, pero sí justamente los que no deberían hacer eso), ocurre que en la fracción de segundo que precede al primer sonido se alcanza a percibir, debilísimamente, ese primer sonido que va a resonar un instante después con toda su fuerza. A veces uno no se da cuenta, pero cuando se está esperando un cuarteto de cuerdas o un madrigal o un lied, el casi imperceptible pre-eco no tiene nada de agradable. Un eco que se respete debe venir después, no antes, qué clase de eco es ése. Estoy escuchando las Variaciones Reales de Orlando Gibbons, y entre una y otra, justamente allí en esa breve noche de los oídos que se preparan a la nueva irrupción del sonido, un lejanísimo acorde o las primeras notas de la melodía se inscriben en una audición como microbiana, algo que nada tiene que ver con lo que va a empezar medio segundo después y que sin embargo es su parodia, su burla infinitesimal. Elizabeth Schumann va a cantar Du bist die Ruh, hay ese aire habitado de todo fondo de disco por perfecto que sea y que nos pone en un estado de tensa espera, de dedicación total a eso que va a empezar, y entonces desde el ultrafondo del silencio alcanzamos horriblemente a oír una voz de bacteria o de robot que inframínimamente canta Du bist, se corta, hay todavía una fracción de silencio, y la voz de la cantante surge con toda su fuerza, Du bist die Ruh de veras. (El ejemplo es pésimo, porque antes de que la soprano empiece a cantar hay un preludio del piano, y son las dos o tres notas iniciales del piano las que nos llegan por esa vía subliminal de que hablo; pero como ya se habrá entendido (por compartido, supongo) lo que digo, no vale la pena cambiar el ejemplo por otro más atinado; pienso que esta enfermedad fonográfica es ya bien conocida y padecida por todos).

Mi amigo el técnico me explicó que este pre-eco, que hasta ese momento me había parecido inconcebible, era resultado de esas cosas que pasan cuando hay toda clase de circuitos, feedbacks, alimentación electrónica y otros vocabularios ad-hoc. Lo que yo entendía por pre-eco, y que en buena y sana lógica temporal me parecía imposible, resultó ser algo perfectamente comprensible para mi amigo, aunque yo seguí sin entenderlo y poco me importó. Una vez más un misterio era explicado, el de que antes de que usted empiece a cantar el disco contiene ya el comienzo de su canto, pero resulta que no es así, usted empezó a partir del silencio y el pre-eco no es más que un retardo mecánico que se pre-graba con relación a, etc. Lo que no impide que cuando en el negro y cóncavo universo de los audífonos estamos esperando el arranque de un cuarteto de Mozart, los cuatro grillitos que se mandan la instantánea parodia un décimo de segundo antes nos caen más bien atravesados, y nadie entiende cómo las compañías de discos no han resuelto un problema que no parece insoluble ni mucho menos a la luz de todo lo que sus técnicos llevan resuelto desde el día en que Thomas Alva Edison se acercó a la corneta y dijo, para siempre, Mary had a little lamb.

Si me acuerdo de esto (porque me fastidia cada vez que escucho uno de esos discos en que los pre-ecos son tan exasperantes como los ronroneos de Glenn Gould mientras toca el piano) es sobre todo porque en estos últimos años les he tomado un gran cariño a los audífonos. Me llegaron muy tarde, y durante mucho tiempo los creí un mero recurso ocasional, enclave momentáneo para librar a parientes o vecinos de mis preferencias en materia de Varese, Nono, Lutoslavski o Cat Anderson, músicos más bien resonantes después de las diez de la noche. Y hay que decir que al principio el mero hecho de calzármelos en las orejas me molestaba, me ofendía; el aro ciñendo la cabeza, el cable enredándose en los hombros y los brazos, no poder ir a buscar un trago, sentirse bruscamente tan aislado del exterior, envuelto en un silencio fosforescente que no es el silencio de las casas y las cosas.

Nunca se sabe cuándo se dan los grandes saltos; de golpe me gustó escuchar jazz y música de cámara con los audífonos. Hasta ese momento había tenido una alta idea de mis altoparlantes Rogers, adquiridos en Londres después de una sabihonda disertación de un empleado de Imhof que me había vendido un Beomaster pero no le gustaban los altoparlantes de esa marca (tema razón), pero ahora empecé a darme cuenta de que el sonido abierto era menos perfecto, menos sutil que su paso directo del audífono al oído. Incluso lo malo, es decir el pre-eco en algunos discos, probaba una acuidad más extrema de la reproducción sonora; ya no me molestaba el leve peso en la cabeza, la prisión psicológica y los eventuales enredos del cable.

Me acordé de los lejanísimos tiempos en que asistí al nacimiento de la radio en la Argentina, de los primeros receptores con piedra de galena y lo que llamábamos "teléfonos", no demasiado diferentes de los audífonos actuales salvo el peso. También en materia de radio los primeros altoparlantes eran menos fieles que los "teléfonos", aunque no tardaron en eliminarlos totalmente porque no se podía pretender que toda la familia escuchara el partido de fútbol con otros tantos artefactos en la cabeza. Quién iba a decimos que sesenta años más tarde los audífonos volverían a imponerse en el mundo del disco, y que de paso -horresco referens- servirían para escuchar radio en su forma más estúpida y alienante como nos es dado presenciar en las calles y las plazas donde gentes nos pasan al lado como zombies desde una dimensión diferente y hostil, burbujas de desprecio o rencor o simplemente idiotez o moda y por ahí, andá a saber, uno que otro justificadamente separado del montón, no juzgable, no culpable. Nomenclaturas acaso significativas: los altavoces también se llaman altoparlantes en español, y los idiomas que conozco se sirven de la misma imagen: loud-speaker, haut-parleur. En cambio los audífonos, que entre nosotros empezaron por llamarse "teléfonos" y después "auriculares", llegan al inglés bajo la forma de earphones y al francés como casques d'écoute. Hay algo más sutil y refinado en estas vacilaciones y variantes; basta advertir que en el caso de los altavoces, se tiende a centrar su función en la palabra más que en la música (parlante/speaker/parleur), mientras que los audífonos tienen un espectro semántico más amplio, son el término más sofisticado de la reproducción sonora.

Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje sin, que ella lo sepa todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos. Si también yo estoy escuchando, las reacciones que veo en su boca o sus ojos son explicables, pero cuando sólo ella lo hace hay algo de fascinante en esos pasajes, esas transformaciones instantáneas de la expresión, esos leves gestos de las manos que convierten ritmos y sonidos en movimientos gestuales, música en teatro, melodía en escultura animada. Por momentos me olvido de la realidad, y los audífonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior. Ese rostro de mujer se vuelve una luna reflejando la luz ajena, luz cambiante que hace pasar por sus valles y sus colinas un incesante juego de matices, de velos, de ligeras sonrisas o de breves lluvias de tristeza. Luna de la música, última consecuencia erótica de un remoto, complejo proceso casi inconcebible. ¿Casi inconcebible? Escucho desde los audífonos la grabación de un cuarteto de Bartok, y siento desde lo más hondo un puro contacto con esa música que se cumple en su tiempo propio y simultáneamente en el mío. Pero después, pensando en el disco que duerme ya en su estante junto con tantos otros, empiezo a imaginar decursos, puentes, etapas, y es el vértigo frente a ese proceso cuyo término he sido una vez más hace unos minutos. Imposible describirlo -o meramente seguirlo en todos sus pasos, pero acaso se pueden ver las eminencias, los picos del complejísimo gráfico. Principia por un músico húngaro que inventa, transmuta y comunica una estructura sonora bajo la forma de un cuarteto de cuerdas. A través de mecanismos sensoriales y estéticos, y de la técnica de su transcripción inteligible, esa estructura se cifra en el papel pentagramado que un día será leído y escogido por cuatro instrumentistas; operando a la inversa el proceso de creación, estos músicos transmutarán los signos de la partitura en materia sonora. A partir de ese retorno a la fuente original, el camino se proyectará hacia adelante; múltiples fenómenos físicos nacidos de violines y violoncellos convertirán los signos musicales en elementos acústicos que serán captados por un micrófono y transformados en impulsos eléctricos; estos serán a su vez convertidos en vibraciones mecánicas que impresionarán una placa fonográfica de la que saldrá el disco que ahora duerme en su estante. Por su parte el disco ha sido objeto de una lectura mecánica, provocando las vibraciones de un diamante en el surco (ese momento es el más prodigioso en el plano material, el más inconcebible en términos no científicos), y entra ahora en juego un sistema electrónico de traducción de los impulsos a señales acústicas, su devolución al campo del sonido a través de altavoces o de audífonos más allá de los cuales los oídos están esperando en su condición de micrófonos para a su vez comunicar los signos sonoros a un laboratorio central del que en el fondo no tenemos la menor idea útil, pero que hace media hora me ha dado el cuarteto de Bela Bartok en el otro vertiginoso extremo de ese recorrido que a pocos se les ocurre imaginar mientras escuchan discos como si fuera la cosa más sencilla de este mundo.

Cuando entro en mi audífono, cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado porque tengo una cabeza delicada y además y sobre todo los audífonos son delicados, es curioso que la impresión sea la contraria, soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza a una noche diferente, a una oscuridad otra. Afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas, Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente, los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel, lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más, y ya nada es lo mismo porque el silencio del afuera amortiguado por los aros de caucho que las manos ajustan cede a un silencio diferente, un silencio interior, el planetario flotante de la sangre, la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra escucha, y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera, un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tiene de flotación intergaláxica, de música de esferas, un silencio que es un jadeo silencio, un silencioso frote de grillos estelares, una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la aguja corre por el silencio previo y lo concentra en una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfeno hasta que estalla la primera nota o un acorde también adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristal que vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleante en lo más hondo de la transparencia, así la música no viene del audífono, es como si surgiera de mí mismo, soy mi oyente, espacio puro en el que late el ritmo y urde la melodía su progresiva telaraña en pleno centro de la gruta negra.

Cómo no pensar, después, que de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento. Podemos abstraemos con un cuento o una novela, vivirlos en un plano que es más suyo que nuestro en el tiempo de lectura, pero el sistema de comunicación se mantiene ligado al de la vida circundante, la información sigue siendo información por más estética, elíptica, simbólica que se vuelva. En cambio el poema comunica el poema, y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y de ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra.

Nadie lo vio mejor que Rainer María Rilke en el primero de los sonetos a Orfeo:

O Orpheus singt! o Hoher Baum im Ohr!
Orfeo canta. IOh, alto árbol en el oído!

Arbol interior: la primera maraña instantánea de un cuarteto de Brahms o de Lutoslavski, dándose en todo su follaje. Y Rilke cerrará su soneto con una imagen que acendra esa certidumbre de creación interior, cuando intuye por qué las fieras acuden al canto del dios, y dice a Orfeo:

da shufst du ihnen Tempel im Gehör
y les alzaste un templo en el oído.

Orfeo es la música, no el poema, pero los audífonos catalizan esas "similitudes amigas" de que hablaba Valéry. Si audífonos materiales hacen llegar la música desde adentro, el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior.

En Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar.


viernes, 6 de septiembre de 2019

Beneath the Southern Cross.

Oh,
to be not anyone
gone
this maze of being
skin

Oh, to cry
not any cry
so mournful that
the dove just laughs
the steadfast gasps

Oh, to owe
not anyone
nothing
to be not here
but here
forsaking
equatorial bliss
who walked through
the callow mist
dressed inscraps
who walked
the curve of the world
whose bone scraped
whose flesh unfurled
who grieves not
anyone gone
to greet lame
the inspired sky
amazed to stumble
where gods get lost
beneath
the southern cross


Oh,
no ser nadie
ido
este laberinto de ser
piel

Oh, llorar
no llores
tan triste que
la paloma solo se ríe
los suspiros constantes

Oh, deberías
no cualquiera
nada
no estar aquí
pero aquí
renunciando
felicidad ecuatorial
quien caminó
la bruma inmaculada
vestido con restos
quien caminó
la curva del mundo
cuyo hueso raspado
cuya carne se desenrolló
quien no se aflige
alguien se fue
saludar cojo
el cielo inspirado
asombrado de tropezar
donde los dioses se pierden
debajo
la cruz del sur 
 Patti Smith. 
 

martes, 3 de septiembre de 2019

Los gatos de Ulthar.

Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado.


En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero.

La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabían de dónde vinieron todos los gatos.

Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del Sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos. En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña.

Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó, en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados gastados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo.

Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta que en toda la villa, no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó a quejarse ante la dupla siniestra; a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles, caminando en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio. De este modo, Ulthar se durmió, en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡He aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche, era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.

Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, en enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías. Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio. Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.

H. P. Lovecraft.

lunes, 2 de septiembre de 2019

Desde el silencio.

(…)
El hombre heroico es lo que cuenta.
El hombre ahí,
desnudo,
bajo la noche
frente al misterio;
con su tragedia a cuestas,
con su verdadera tragedia,
con su única tragedia.













  
La que surge cuando preguntamos, 
cuando gritamos en el viento: 
¿Quién soy yo? 
Y el viento no responde, 
y no responde nadie. 
¿Quién soy yo?... ¡Silencio!... ¡Silencio!... 
Ni un eco, 
ni un signo... ¡Silencio!…
(...)
                                       Fragmento de La insignia, de León Felipe.
 

martes, 27 de agosto de 2019

Reflexiones sobre la guillotina.

Poco antes de la guerra de 1914, se condenó a muerte, en Argel, a un asesino cuyo crimen había sido particularmente indignante (había acabado con una familia de agricultores, niños incluidos). Se trataba de un obrero agrícola que había matado en una especie de delirio sangriento y que había agravado su crimen al robar a sus víctimas. El caso tuvo una gran repercusión. La opinión más generalizada era que la decapitación constituía una pena demasiado benigna para semejante monstruo. Tal fue, según se me dijo, la opinión de mi padre, a quien había indignado particularmente el asesinato de los niños. En todo caso, una de las pocas cosas que de él sé, es que quiso asistir a la ejecución, por vez primera en su vida. Madrugó para dirigirse al lugar del suplicio, al otro extremo de la ciudad, en medio de una gran concurrencia popular. De lo que vio aquella mañana no dijo nada a nadie. Mi madre cuenta únicamente que volvió de prisa y corriendo, con el rostro desencajado, se negó a hablar, se tumbó un momento en la cama y de repente se puso a vomitar. Mí padre acababa de descubrir la realidad que se ocultaba bajo las fórmulas grandilocuentes con las que se la enmascaraba. En vez de acordarse de los niños asesinados, no podía pensar en otra cosa que en ese cuerpo palpitante al que acababan de arrojar sobre una plancha para cortarle el cuello.


Forzoso es creer que este acto ritual es lo suficientemente horrible como para lograr vencer la indignación de un hombre recto y sencillo y para que un castigo que él consideraba cien veces merecido no tuviera finalmente otro efecto que provocarle náuseas. Cuando la suprema justicia hace vomitar al hombre honrado al que supuestamente debe proteger, parece difícil sostener que cumple su función de introducir paz y orden en la sociedad. Revela, por el contrario, que no es menos indignante que el crimen, y que este nuevo homicidio, lejos de reparar la ofensa inferida al cuerpo social, añade una nueva mancha a la primera. Esto es tan cierto que nadie se atreve a hablar con franqueza de esta ceremonia. Como si fueran conscientes de lo que revela a la vez de provocador y de vergonzoso, los periodistas y los funcionarios que tienen el cometido de hablar de ella han creado al respecto una especie de lenguaje ritual reducido a fórmulas estereotipadas. Así, a la hora del desayuno, podemos leer, en un rincón del periódico que el condenado «ha pagado su deuda a la sociedad», que «ha expiado su crimen» o que «a las cinco, se había hecho justicia». Los funcionarios hablan del condenado como «el interesado» o «el paciente», o lo designan por una sigla: el C. A. M. De la pena capital, no se escribe, me atrevo a decir, sino en voz baja.

En nuestra civilizadísima sociedad, reconocemos la gravedad de una enfermedad cuando no nos atrevemos a hablar de ella directamente. Durante mucho tiempo, las familias burguesas se han limitado a decir que la hija mayor estaba delicada del pecho o que el padre tenía «unos bultos» porque la tuberculosis y el cáncer eran consideradas enfermedades un poco vergonzosas. Esto es aún más cierto, sin duda, en la pena de muerte, puesto que todo el mundo se esfuerza por no hablar de ella sino mediante eufemismos. La pena de muerte es al cuerpo político lo que el cáncer al cuerpo individual, con la sola diferencia de que nadie ha hablado jamás de la necesidad del cáncer. No se duda, por el contrario, en presentar comúnmente la pena de muerte como una lamentable necesidad, lo que legitima, a la vez, que se mate, ya que es necesario, y que no se habla de ello, ya que es lamentable.

Mi intención, por el contrario, es hablar de la pena de muerte con crudeza. No por gusto del escándalo ni, creo yo, por una malsana inclinación natural. Como escritor, siempre me han repugnado ciertas complacencias; como hombre, creo que los aspectos repelentes de nuestra condición, si bien son inevitables, deben ser afrontados en silencio. Pero cuando el silencio o las argucias del lenguaje contribuyen a mantener vivo un abuso que debe ser reformado o una desdicha que puede aliviarse, no hay otra solución que hablar claro y mostrar la obscenidad que se oculta bajo la capa de las palabras. Francia comparte con España e Inglaterra el bonito honor de ser uno de los últimos países, a este lado del telón de acero, que conservan la pena de muerte en su arsenal de represión.

La supervivencia de este rito primitivo ha sido posible entre nosotros gracias a la despreocupación o la ignorancia de la opinión pública, que reacciona únicamente ante las frases ceremoniosas que se le han inculcado. Cuando la imaginación duerme, las palabras se vacían de significado: un pueblo sordo registra distraídamente la condena de un hombre. Pero que se le muestre la máquina, que se le haga tocar la madera y el hierro, oír el ruido de la cabeza al caer, y la imaginación pública, súbitamente despierta, repudiará al mismo tiempo el vocabulario y el suplicio.

Cuando en Polonia los nazis procedían a hacer ejecuciones públicas de rehenes, les amordazaban con vendajes enyesados para evitar que profiriesen gritos de rebeldía y de libertad. Sería impúdico comparar la suerte de esas víctimas inocentes con la de los criminales condenados. Pero, dejando aparte que los criminales no son los únicos guillotinados entre nosotros, el método es el mismo. Sofocamos bajo palabras enguatadas un suplicio cuya legitimidad no puede afirmarse antes de haberlo examinado en su realidad. En vez de decir que la pena de muerte es ante todo necesaria y que luego es conveniente no hablar de ella, hay que hablar, por el contrario, de lo que realmente es y luego decir si, tal como es, debe considerarse necesaria.

Personalmente, yo la considero no sólo inútil, sino también profundamente nociva, y debo consignar aquí esta convicción antes de entrar en el estudio de la cuestión. No sería honrado dar a entender que he llegado a esta conclusión después de las semanas de investigación que acabo de dedicar al problema. Pero tampoco sería honrado atribuir mi convicción a la mera sensiblería. Por el contrario, me siento tan alejado como es posible de ese blando enternecimiento en el que se complacen los humanitarios y en el que se confunden los valores y las responsabilidades, se igualan los crímenes y la inocencia pierde finalmente sus derechos. Contrariamente a muchos ilustres contemporáneos, yo no creo que el hombre sea, por naturaleza, un animal social. A fuer de sincero, pienso lo contrario. Pero sí creo, lo que es muy diferente, que no puede vivir ya fuera de una sociedad cuyas leyes son necesarias para su supervivencia física. Es preciso, pues, que la sociedad establezca por sí misma las responsabilidades según una escala razonable y eficaz. Pero la ley encuentra su última justificación en el bien que hace o no hace a la sociedad de un lugar y de un tiempo dados. Durante años, no he podido ver en la pena de muerte sino un suplicio insoportable para la imaginación y un desorden perezoso que mi razón condenaba. Sin embargo, estaba dispuesto a pensar que la imaginación influía en mi juicio. Pero lo cierto es que durante estas semanas no he encontrado nada que no haya reforzado mi convicción o que haya modificado mis razonamientos. Muy al contrario, a los argumentos que eran ya los míos han venido a sumarse otros. (...)

Sabido es que el gran argumento de los partidarios de la pena de muerte es la ejemplaridad del castigo. No se corta las cabezas únicamente para castigar a sus dueños, sino para intimidar, mediante una ejemplaridad espantosa, a los que pudieran sentirse tentados de imitarles. La sociedad no se venga, sólo quiere prevenir. La sociedad blande la cabeza para que los candidatos al crimen lean en ella su futuro y retrocedan.

Este argumento sería impresionante si no fuera forzoso comprobar:
1° que ni la misma sociedad cree en la ejemplaridad de que habla;
2° que no está probado que la pena de muerte haya hecho volverse atrás a un solo asesino decidido a serlo, mientras que es evidente que no ha tenido ningún efecto, si no es el de la fascinación, en millares de criminales;
3° que, en otro plano, constituye un ejemplo repugnante cuyas consecuencias son imprevisibles.

En Reflexiones sobre la guillotina, de Albert Camus.

martes, 6 de agosto de 2019

El arte.

El arte es un esquivarse a hacer, o a vivir. El arte es la expresión intelectual de la emoción, distinta de la vida, que es la expresión volitiva de la emoción. Lo que no tenemos, o no osamos, o no conseguimos, podemos poseerlo en sueños, y es con esos sueños con los que hacemos arte. 


Otras veces, la emoción es hasta tal punto fuerte que, aunque reducida a acción, la acción, a la que se ha reducido, no la satisface; con la emoción que sobra, que ha quedado inexpresada en la vida, se forma la obra de arte. Así, hay dos tipos de artista: el que expresa lo que no tiene y el que expresa lo que ha sobrado de lo que tuvo.

En Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.


domingo, 28 de julio de 2019

Desde la aridez.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros.


¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones?

Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?
Oliverio Girondo.

viernes, 26 de julio de 2019

Elecciones, ¿trampa para bobos?

La instauración del sufragio universal directo daba cuenta de un incuestionable progreso sobre la arbitrariedad de los regímenes autoritarios, tiránicos o despóticos de antaño. Contra el poder feudal de uno solo, contra el capricho monárquico o el cinismo mercantil de la revolución industrial, llamar a consultas electorales para decidir en común la mejor forma a adoptar para gobernar bien un país merecía y justificaba la lucha.

Pasado el tiempo, ¿qué han hecho los políticos de esta excelente idea? Una caricatura, un juego ridículo orquestado por los comunicadores y los medios, una comedia lamentable. Al menos hay un puñado que comulga con la idea liberal y que liquida lo político en la economía, incluso en la religión: el economicismo. Para ellos, las ideas están muertas y enterradas: el discurso falsamente humanista de los derechos humanos les sirve de auxilio en todo momento. Dejan algunas sobras a aquellos que aún creen en la política y en las ideas que la acompañan, cierto, pero a la manera de los señores que toleran a los campesinos al pie de sus mesas para recoger las migajas. La muerte de la política orquestada por el liberalismo triunfante viene acompañada por el devenir insignificante de las elecciones, que proponían una genealogía de la soberanía.


Hoy se burlan de la opinión de las bases. A contrapelo de lo que ella pretende, la clase política no la comprende ni la escucha, pero intenta, a través de sus consultas, darle la ilusión que necesita. De hecho, se la descuida, se la desprecia y además se le pide silencio. Las elecciones son ahora una farsa que pretende el ideal democrático; hacen creer en la verdad de un mecanismo que sin embargo está quebrado desde hace tiempo. Son parodias que se valen de grandes palabras -Democracia, Pueblo, Nación, República, Soberanía-, pero que ocultan mal el cinismo de los gobernantes: se trata, para ellos, de instalar y de mantener una tiranía soft que produce un hombre unidimensional -el consumidor embrutecido y alienado- como ninguna dictadura ha logrado producir jamás... 

Trampa para bobos, eso es lo que son las elecciones, puesto que mucho antes de los resultados -Chirac o Jospin...- se sabe que tendremos un presidente liberal. Poco importa que provenga de la derecha o de la izquierda: el liberalismo siempre es de derecha. ¿Quid, entonces, de las lecciones de estas elecciones? El considerable abstencionismo, el desprecio por los votos blancos o nulos (es decir, con esas dos opciones, una mitad de los electores...); la profusión de pequeños candidatos rebeldes, la pobreza de la mayoría de sus programas (¡la caza, la pesca y la tradición como proyecto de sociedad!); la desmovilización de la segunda vuelta a causa del desprecio simple y llano de los deseos emitidos en la primera, el desinterés cuando ya no queda sino elegir entre la peste o el cólera. Ése es el alcance de los daños. 

Una vez electo el presidente, los hombres de partido, tanto de derecha como de izquierda, guardarán en sus galeras mágicas esta costosa maquinaria electoral, demagógica, despreciable y despreciativa, este teatro que absorbe la energía mediática, intelectual, cultural y política durante meses y meses. Una vez que nos hayamos desengañado, nos quedará por descubrir las consecuencias de estas parodias electorales: la impotencia de los gobernantes crispados sobre la única gestión liberal de la política generará según lo convenido las violencias urbanas, las manifestaciones en las calles, las reivindicaciones categóricas y creará una comedia para los demagogos capaz de cristalizar su desesperación. Situación ideal para fomentar guerras civiles o regímenes autoritarios.

En La filosofía feroz, de Michel Onfray.

La rebelión reaccionaria.

Las experiencias en Hungría, Polonia, Austria y otros lugares dejan en claro el carácter antidemocrático de los nuevos partidos extremistas de derecha de Europa que, una vez en el gobierno, se infiltran en el aparato estatal para ocupar posiciones ante la eventualidad de que pierdan el poder. ¿Es posible, entonces, hablar, en un sentido científico, de un peligro fascista en Europa?

Durante el año pasado, la tendencia extremista de derecha moderna en Europa se ha propagado de manera viral. No estamos hablando de grupos marginales violentos y militantes, sino de partidos que han encontrado su camino hacia las cúpulas de los estados de todo el continente. ¿Deberíamos usar el término “fascismo” para etiquetar a estos partidos, conscientes de las fuertes asociaciones históricas que este término evoca?

También podríamos preguntarnos, desde el punto de vista de las tácticas, si tiene sentido enfatizar y dar prominencia a la continuidad objetivamente existente entre los actuales partidos extremistas de derecha y el fascismo histórico. ¿Hay alguna diferencia entre la extrema derecha histórica en Europa y lo que la corriente principal de la ciencia política hoy llama “populismo de derecha”?

En el pasado, teóricos críticos como Hannah Arendt y Karl Polanyi estuvieron de acuerdo con la izquierda comunista en el sentido de que el fascismo era la respuesta política de una parte de la clase burguesa a la crisis de la democracia liberal. Así, Walter Benjamin escribió en 1936: “El fascismo intenta organizar a las masas proletarias recién creadas sin afectar la estructura de la propiedad... El fascismo ve su salvación al dar a estas masas no el derecho, sino la posibilidad de expresarse”.

Aunque no podemos combatir con eficacia al radicalismo moderno de derecha con los eslóganes, el lenguaje y los símbolos del período de entreguerras, de hecho la llegada al poder de los partidos de derecha radicales, neofascistas, populistas o de otro tipo sólo puede entenderse en el contexto de las relaciones de dominación y de propiedad capitalistas.

En este sentido me gustaría presentar para discusión las siguientes cinco tesis:

1. Los partidos de extrema derecha quieren establecer un Estado autoritario. Por eso, conviene hablar de neofascismo.

2. En varios países, el neofascismo se ha introducido en el corazón de las sociedades, mientras que en otros ha cambiado a la derecha la agenda de los partidos tradicionalmente conservadores.

3. La crisis ha producido un caldo de cultivo para esto. Pero sólo su interpretación dentro del marco de los patrones de significado proporcionados por el neoliberalismo hace que poblaciones enteras sean vulnerables al neofascismo.

4. El surgimiento del neofascismo es un fenómeno europeo que se expresa en formaciones de partidos transnacionales dentro y fuera del Parlamento Europeo.

5. La paradoja de una “internacional” nacionalista se resuelve en el sentido de que los nacionalismos en conflicto de los partidos de derecha moderados y radicales han encontrado un punto de fuga común en su oposición a la Unión Europea (UE).


 

Los partidos extremistas de derecha y el Estado.


Siete semanas después de las elecciones que llevaron a una mayoría absoluta para el partido Ley y Justicia (PiS) en el Parlamento polaco, el periódico Die Zeit publicó un artículo titulado “Cómo está surgiendo un nuevo Estado”, en el que decía que “paso a paso, el nuevo gobierno está reconstruyendo Polonia en un Estado nacionalista de derecha”.

Desde entonces, el gobierno del PiS ha hecho todo lo posible para cumplir con esas expectativas, tratando de controlar las posiciones de poder decisivas en el Estado; por ejemplo, su esfuerzo por tomar el control del Tribunal Supremo hizo que la Comisión Europea iniciara un procedimiento contra Polonia el año pasado. Al mismo tiempo, el gobierno está reforzando su control sobre los medios de comunicación, incluidos las medidas de censura y los despidos por motivos políticos.

Ha sucedido algo similar en Hungría, donde el partido Fidesz (Unión Cívica Húngara) promulgó la “Ley Básica” en 2012. La norma comienza con un reconocimiento nacional de la naturaleza étnico-cultural de Hungría. Define así el marco de la legislación y la administración, por ejemplo, distinguiendo a los derechos humanos en general de los derechos cívicos, que siguen siendo el privilegio de los húngaros dentro y fuera de las fronteras del país.

En Austria, el Partido de la Libertad (FPÖ), un partido nacionalista que no es fiel a su país, sino a una Gran Alemania unificada, ahora está a cargo de la Policía, el Ejército y los servicios secretos. Como parte de su determinación de crear un “estado profundo” bajo su control, el FPÖ está extendiendo sus poderes por medio de una gran cantidad de instituciones estatales, desde el instituto nacional de estadísticas hasta el servicio público de radiodifusión.

En todos estos casos, no hay razón para suponer la inocencia. Dondequiera que los partidos radicales de derecha entran en el gobierno, actúan de acuerdo con un principio directo: no toleran más democracia que la necesaria y aplican el mayor autoritarismo posible.

Al hacerlo, actúan como partidos de las elites capitalistas. Sacarlos del poder requiere movilizar a las mayorías en nuestras sociedades en defensa de la democracia. Para hacerlo, es importante ver quiénes son los votantes de los partidos neofascistas.

La ciencia política dominante responde a esta pregunta refiriéndose a la alta votación que han tenido los partidos neofascistas entre la clase obrera. El elector típico se presenta como hombre, blanco, con bajos ingresos y nivel de educación, ubicado predominantemente en regiones industriales en declive y fuera de conglomerados urbanos.

Esta explicación lleva a considerar al neofascismo un fenómeno que se extiende sólo en las clases más bajas, lo que conduce directamente a la llamada “tesis del populismo”, según la cual los populistas están dividiendo a la población en “elites corruptas” y “gente buena y limpia”.

Pero los populistas se dirigen a la gente de una manera especial, es decir, a través del prejuicio reaccionario, o, como Theodor Adorno ha demostrado en su estudio sobre el carácter autoritario, a través del “resentimiento antidemocrático”, que no es contrario a la cosmovisión neoliberal, sino que forma parte inherente de ella.

La división discursiva en la política entre la derecha y la izquierda sigue siendo importante. Esto se puede ilustrar con los datos de la primera votación de las elecciones presidenciales francesas de 2017, cuando los votos de los obreros y de los trabajadores de cuello blanco se polarizaron entre la líder de extrema derecha Marine Le Pen (39% y 30%, respectivamente) y el izquierdista Jean-Luc Mélenchon (24% y 25%). Contrariamente a la tesis principal de la ciencia política de que el populismo evita ser categorizado como de izquierda o de derecha, 70% de los votantes de Mélenchon se identificaron como “de izquierda”, mientras que 63% de los votantes de Le Pen se calificaron de “derecha” en las encuestas poselectorales. Esto se confirma por los motivos expresados por los entrevistados para emitir su voto: la seguridad social, la asistencia sanitaria y el aumento del poder de compra en la izquierda, y la lucha contra el terrorismo, la delincuencia y la criminalidad en la derecha.

 

Un fenómeno paneuropeo.


Ya no es posible analizar la propagación del clima de extrema derecha en diferentes países como fenómenos paralelos pero independientes. El ascenso de la extrema derecha es un fenómeno paneuropeo. De 1999 a 2014, la proporción de escaños de los partidos de extrema derecha y neofascistas en el Parlamento Europeo se duplicó con creces, de 11% a 23%.

Esto muestra claramente que el tipo de nacionalismo encarnado por los extremistas de derecha y los neofascistas se ha convertido en un concepto alternativo y reaccionario, no sólo en lo que respecta a la reestructuración de los estados individuales, sino en relación con Europa en su conjunto.

En el actual Parlamento Europeo, la extrema derecha se divide en tres fracciones. De estos, la fuerza unificadora más dinámica es la Europa de las Naciones y la Libertad (ENF), que abarca la Agrupación Nacional (Francia), el Partido de la Libertad (Austria), la Liga del Norte (Italia), el Congreso de la Nueva Derecha (Polonia), Libertad y Democracia Directa (República Checa), el Partido por la Libertad (Países Bajos) y Vlaams Belang (Bélgica).

La carta de ENF es sorprendentemente franca y precisa respecto de sus objetivos: “Los partidos y los eurodiputados individuales del grupo ENF basan su alianza política en la soberanía de los estados [...] La oposición a cualquier transferencia de soberanía nacional a organismos supranacionales y/o instituciones europeas es uno de los principios fundamentales que unen a los miembros de la ENF [...] Basan su alianza política en la preservación de la identidad de los ciudadanos y las naciones de Europa [...] El derecho a controlar y regular la inmigración es, por lo tanto, un principio fundamental compartido por los miembros del grupo ENF”.

El rechazo a la UE en nombre de la “soberanía nacional” y del “control de inmigración” es la posición común de todos estos partidos extremistas de derecha.

Sería fatal que la izquierda se uniera al juego del nacionalismo, precisamente porque la integración europea se encuentra en una crisis. Un colapso de la integración europea, bastante creíble hoy, sería positivo sólo si pensáramos que vendría algo mejor, si supusiéramos que los grandes problemas que enfrentan nuestras sociedades, como los mercados financieros globalizados, la migración, el desarrollo, el cambio climático o la seguridad, podrían resolverse de una mejor manera dentro de una Europa con 28, 35 o 50 monedas nacionales, estados nacionales y regímenes fronterizos. Si ese no es el caso, la necesidad lógica es defender la integración europea pacífica contra el nacionalismo.

Al mismo tiempo, no es menos importante reconocer que la aceptación acrítica del statu quo no puede tener éxito, y que es necesario luchar por una reforma social, ecológica y democrática radical de la UE y sus políticas.

Para volver a la pregunta de si es posible hablar, en un sentido científico, de un peligro fascista en Europa hoy, mi respuesta es ambivalente. No hace mucho, un amigo me escribió: “La luz que podemos ver en el túnel sólo proviene de la entrada a nuestras espaldas. Puede desaparecer con la siguiente curva. ¡Tenemos que estar alertas!”.

En La Diaria, 17 de julio de 2019. Escribe: Walter Baier en "Posturas".
Traducción: Natalia Uval.
Esta columna se publicó originalmente en la revista británica Red Pepper.

jueves, 25 de julio de 2019

XXII

Y tú, mar... También me entrego a ti.
Sé quién eres muy bien.
Desde la playa veo tu mano invitadora que me llama.
Creo que no quieres retirarte sin acariciarme.
Bien. Haremos un viaje juntos.
Aguarda a que me desnude y llévame contigo hasta perder de vista la tierra.
Arrúllame y déjame dormir y soñar en los blandos cojines de tus olas,
úngeme con tu amorosa espuma,
Yo te pagaré con amor. 

 

Mar dilatado de bruñidas lontananzas,
mar de largo resuello convulsivo,
mar que eres la sal de la vida
y la tumba abierta siempre para todos;
mar delicado y caprichoso,
aullido y catapulta en las tormentas,
yo también soy como tú: único y plural.
También yo tengo flujos y reflujos,
también yo llevo en mis entrañas el odio y la paz,
y glorifico a los amigos
y a los que duermen abrazados.
Yo soy quien atestigua la simpatía.
(¿Haré solo el inventario de mis cosas y me olvidaré de la casa que las contiene?)

Yo no soy sólo el poeta de la bondad.
Soy el poeta de la iniquidad también.
Y no me avergüenzo.
¿Qué alboroto es ése?
¿Quién discute sobre el vicio y la virtud?
Me empujan el mal
y el deseo de reformar el mal:
pero yo no me muevo.
¿Soy yo un inquisidor?
Yo no soy más que un hombre que riega las raíces de todo lo que crece.
¿Temeís que a la terca fertilidad de la vida le salgan escrófulas?
¿Creéis que las leyes celestiales están todavía en el crisol y que aún pueden ser rectificadas?

Encuentro equilibrio en un lado solo
y en el antípoda también;
me sostienen las doctrinas firmes
y las doctrinas deleznables;
y en nuestros pensamientos
y en nuestros hechos actuales
están nuestro arranque y nuestro vuelo.
Ningún tiempo es tan grande para mí como este minuto de hora que me viene al través de millones de siglos.
Que te hayas comportado bien en el pasado
y que te comportes ahora bien,
no es nada asombroso.
Lo asombroso es que existan siempre y se reproduzcan el ruin y el hombre sin fe.

En Canto a mí mismo, de Walt Whitman.